Las noches de antes

Por las noches estoy inquieta.
Solo quedan unas cuantas jornadas de acabar el día en mi cama: familiar, con las almohadas al tamaño deseado, dos de base, dos almohadones cuadrados grandes de apoyo para por ejemplo ver la tele, escribir o leer; el cojín pequeño para amoldar mejor la nuca… la sábana bajera, lisa en su formato de ajuste y el edredón de relleno de plumas de oca, naturales, con un bordado y en un tono más oscuro que las cortinas.

Por la cortina ligeramente apartada cada noche con una pinza sobre un rincón de la ventana para poder ver un cuadradito de cielo, compruebo que está muy oscuro aún. Será de madrugada. Juego a adivinar, antes de mirar, la hora que será de verdad, que me dice con certeza el reloj luminoso de la mesilla.

Y si después de muchas vueltas no viene de nuevo el sueño, encenderé la luz lechosa del flexo sobre un libro de los que dejo al alcance de la mano.

Tengo las manos algo resecas, olvidado anoche el gesto de ponerme crema antes de apagar las luces, de los cuatro o cinco botes con mejunjes para cara, pies, piernas, y manos que rivalizan en espacio con el reloj y los libros, la funda con las gafas, y un lápiz de subrayar sobre la mesilla. También está ahí la jarra esmaltada de la infusión, ahora vacía, que tomo antes de acostarme.

Y en el baño, a unos pasos, la pasta de dientes y el cepillo que uso justo antes de la infusión. Vestirse la ropa de dormir, ordenar la que me quito y la que guardo del colgador en el armario.
Armarios, cuartos, camas, cremas, infusiones, lápices, y libros… objetos, cuántos objetos, cuántos los rituales de nuestra vida cotidiana…

¿Cómo será la cama o las camas donde acomodaré el sueño durante mi viaje? –me pregunto frotando con el pie la madera donde termina la mía- ¿Cuáles los olores, las temperaturas, la textura de los tejidos que me cubran, el aire que respire, último acto consciente antes de dormir? ¿Olerá a campo? ¿Todos los campos cuando emanan efluvios después de la lluvia, como ahora, que llueve en la ciudad, son iguales? ¿Será todo tan distinto del hogar que protector y conocido me acoge?

Otra vuelta y el sueño llega, llama denso mientras la sombra de la maleta abierta sobre un banco en el fondo del cuarto me dice que es cierto: me voy de viaje, no es un sueño.

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