Pero ¿qué haces?

Si. Pero ¿Qué haces? ¿Intentas la crónica de un viaje y comienzas así?

¿Las cosas son como son, titulas y escribes sobre un váter?

¿Otro continente, otra cultura, otro país para empezar hablando del sitio donde acomodar las posaderas? Si. Nada más universal, pero, viajera… quizá resulta algo transgresor. No sé si los uruguayos, de leer esta crónica, iban a estar conformes con este punto de partida.

Así que, de manera más ortodoxa, recomencemos.

El aeropuerto está quieto y tranquilo. Es de noche y los pocos viajeros de esta terminal U hablan en susurros. Tengo un par de horas por delante para embarcar.

Voy a América.

He visto muchas pelis donde la gente va a América. La imagen que domina es la de  barcos cutres, con pasajes atestados y mucho tiempo en el mar. Irlandeses, británicos, gallegos… a América.

También me vienen a la mente las actrices con gorros de plumillas blancas que bajan o suben por la escalerilla del avión: regresan o van a América. Son guapas y siempre sonríen. Son de los años 50, parecen. En un tiempo donde la gente de nuestro país hace un único viaje en su vida, de la ladea a la ciudad para salir de la miseria, ah, entonces: qué cosa era ir a América.

En mi entorno mucha gente ya ha ido, así que casi no recuerdan esta emoción: la primera vez que se va.

Nunca he volado tantas horas seguidas. Voy a cumplir década nueva. Es una muy buena ocasión. Voy a América. ¿Qué habrá allí para mí?

Al caminar hacia aquí he recordado otro vuelo, desde este mismo aeropuerto madrileño. Volábamos. Casi ni percibía las horas allá arriba, estaba en mi doble cielo: el de fuera por donde avanzaba el aparato, y el de dentro… en el que le oía, le veía a unos centímetros, podía olerle, acariciarle, acurrucarme en su hombro, su risa, la charleta tonta, banal, pícara, divertida… ah, su piel, su voz, su presencia.

Pensaba que hay algo más maravilloso que volar a otro continente desconocido… y que debe ser volar con el ser que se ama, de quien se está enamorado. De pronto reparo…

… Así que no había gente donde yo esperaba: ¡han cambiado la puerta de embarque!

Espabilo para acercarme a la nueva, donde un nutrido grupo de viajeros ocupa los asientos junto a la entrada correcta. Volar, volar… miles y miles de personas lo han hecho antes, lo hacen en este instante. Tranquila. No pasa nada.

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