Romances… para Miguel

Ayer nos invitaron a un asado. En casi cada casa aquí puedes encontrar que en cualquier rincón del jardín, terraza, sala o cocina, tienen una gran parrilla donde preparar carne.

Es deliciosa, con un jugo exquisito, recién hecha y cae de la parrilla al plato en un segundo. Creo que es como nuestra española costumbre familiar de juntarnos el domingo para la paella o un arroz. Ellos se invitan a un asado. Además de porciones de ternera con nombres diferentes a los que conozco, ponen pimientos rojos, cebollas y verduras a dorar, por lo que mientras se esperan los platos se bebe vino y se charla con los aromas exquisitos del asado flotando.

En la casa del amigo que nos invitó cenaron también su preciosa hija con su novio. Nos pasan un melón abierto con champán dentro y un par de pajitas de las que vamos bebiendo. En la esquina de la mesa se acariciaban suavito, jóvenes y confiados, mientras el padre, mi hermano y el otro hijo tocan las guitarras. Al lado del anfitrión reía y charlaba la madre de los chicos, que no es la anfitriona de la casa porque tiene su propio hogar. Trabaja como maestra de yoga, ríe, habla, nos cuenta anécdotas de sus clases y de cómo enseñar a vivir una buena vida. Como la que le permite ser amiga, muchos años después, del que fuera su hombre.

Sorprende que fieles al tópico, la mayoría de las personas con que nos encontramos hagan terapia, practiquen yoga o cualquier arte de cultivar el alma. Y cuando hablan, la mayoría parecen hacerlo desde ahí: desde dentro, desde el sentimiento, desde el  yo soy lo que siento, por tanto ¿qué siento? Para saber ¿quién soy?

Otra de las comensales, Ana, que en este lado de la mesa ríe bromea y ama, anuncia que también irá a terapia, porque los amores, ay, los amores, son alfileres al toque de los sones flamencos.

Se ven las estrellas en esta noche fresca de la terraza sobre el barrio del  Chas donde estamos. Quizá sean los acordes, quizá sea la nostalgia, el gato rubio, la perra grande negra y la chuiquita que acarician las piernas a la espera de un regalo de carne, las hojas de la parra meciéndose… que te hace preguntarte, algo triste, por el código que impide a una mujer –será la edad, la cultura, las bromas machas que oyes- decirle tampoco aquí, a un hombre, sin asustarle: que dulces labios tienes.

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5 comentarios en “Romances… para Miguel

  1. Muchas, muchas gracias. Me siento abrumado.
    Viven una vida regalada? o han elegido vivir así? o las dos cosas?. Mientras los demás vamos viviendo, mi tiempo se detiene para leer tus palabras que siento y presiento de donde salen…
    Los amores, son alfileres al toque de los sones flamencos…

  2. Celebramos la vida con lo manjares de los pueblos. Tu nota me trasmite el gozo de amistades compartidas. Recuerdo una señora del Madrid de las afueras que me vio serio y preocupado y exclamó: ¡Hijo, tener fe y comer!!!.Jorge

  3. Me dan ganas de extender un plano sobre la mesa y trazar con un lápiz, o con el dedo, la ruta por los lugares de esa ciudad que exploras. La otra ruta, la de la estela que va dejando tu alma, la sigo en este blog… ya estamos a siete? Qué rápido pasan los días!

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