Ni a su imagen ni semejantes

Una dentadura se abre y se cierra. Extraña no oír un “clac” por choque de dientes. De la dentadura sale una voz masculina, potente, que dice: –Penetrar… Da lo mismo el contexto. Repite: -… Penetrar… Puede ser en un hospital o una iglesia. Pero la obscenidad se propaga con las ondas. Se pega en las paredes. Recorre los pupitres. Arrebola los rostros de los presentes. Se engrandece con el eco y queda allí, para prohibir a los alumnos mirarle de frente.

El profesor se sube a la tarima. Las piernecillas enclenques se le trasparentan a través del pantalón blanco. Su “culo inquieto“, como él lo denomina, corona aquellas dos columnillas balanceantes, sin pizca de ornamento.

Abdomen prominente disimulado. Se acoda en la rodilla. Se pliega. Se desbordan sus kilos de más. Traje oscuro y camisa en flor. Destrozan el conjunto unas botas camperas, las mismas que le arrastran por el pasillo de la Universidad y de la redacción.

Las manos pálidas, venosas, transparentes. En los dedos mil anillos si le cupiesen. Los que le caben arrancan brillos de sol en las alturas, a donde lanza las manos como por espasmo. Perfila su cuerpo con florituras de musa.

Las caderas se le disparan también, o tal vez deja caer hacia atrás la espalda. Tengo ganas de gritar: ¡Torerooo!

De pronto las manos están en la cintura, los brazos en jarras, el abdomen encogido. Y mientras, el inquieto ondea el aire.

Cada mañana entra en el aula cargado de “chispitas luminosas“. No deja a sus “cielos“, como llama a sus estudiantes, dormirse. Eso jamás. Les abruma, les atruena con su vozarrón, les ridiculiza sin dar nombres… pero nunca les aburre. Es como un vendaval cargado de dientes, anillos, camperas y enormes ja, ja ,ja.

Saca de su folklore de maestro el repertorio de chistes, anécdotas, curiosidades, las mismas que repetirá año tras año, hasta que se vaya a la tele, con la que sueña.

Clase tras clase se pierde, casi jadeante, en el placer de oír su propia voz y su propia historia. Subirá al cénit del egocentrismo, para tirarse desde él en picado hacia quien le dude.

Se droga con adulaciones. A la vez es un perfecto relaciones públicas. Debe ocupar sus puestos por la perfección de movimientos efectuados con su dentadura: ¡Clac-clac! redactor. ¡Clac-clac! redactor jefe.

En la redacción vocifera, el culo inquieto se pasea como loco en busca de un sillón, que abandona en cuanto encuentra. Su despacho es la mansión del polvo. El refugio del silencio. El símbolo de la nada. El reflejo de un hombre que no sabe estar solo.

-¡Profesionalidad!- Grita. -¡El periodismo necesita profesionales!-, para enseguida perderse en historias de su ayer, en un infructífero intento de crearnos, Peña de Alba, a su imagen y semejanza.

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