Lo que sujeta sus muñecas entre sí y al cabecero de la cama, floreado de forja, es una de las mejores corbatas de seda que hace un rato pendían de la parte interior de la puerta del armario ropero. No la ha visto, en la semipenumbra de la habitación no ha sabido cuál cogía, no era una cuestión de escoger, simplemente tirar de una.

No le hace daño ni molesta más bien parece una suavisima pulsera. Suave, fresca y larga, garganta abajo, donde curiosea  su peso liviano, y en la postura con los brazos ligeramente alzados le cruza el pecho, libre para el recorrido de los labios, que a porciones, quema,  así, sin brazos que lo circunden, el pecho parece más pecho, que nunca, costillas y músculos armazón sensible, sobre el que medio ocultar el rostro y gemidos en el dorso de los brazos. Explora, con tiempo, parsimonia, ligera presión, extender las palmas, una esquina combada, el hundido del centro… humedad ligera.

Es grande el cuerpo que empuja sobre el otro concentrado para amoldarse, hacerse guarida, una porción que al paso se funde y no extraña, mío, el lugar, adonde   debía llegar, banda sonora esa garganta que sola, exhala una cierta habla.

No ajenos no dos, no nada, total, quédate, aún no te vayas, no te muevas, y baila.

Me he comido una fresa, la he mordido con rabia, era todo en la boca, placer en la nuca, luego saliva rosa, luego tragar luego nada. El aroma ácido por la habitación apagada.

Me he despertado. Era la siesta…

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