Tendones rotos

No valen para nada, se oye tras el biombo blanco en la consulta de la fisioterapeuta, a la que hemos oído preguntar ¿chica nueva?

Por un momento la mujer interpelada, en la que no he reparado, parece algo desconcertada. Una fracción de titubeo. Quizá no espera esa cuestión de quien la atiende en el alivio de sus dolores articulares. Pero pronto continúa ¿me ayudas a quitarme las medias, o llamo a la chica?,  molesta por la necesidad, autosuficiente en el arreglo.

No se preocupe, escuchamos, e intuimos la ayuda de la profesional joven a la paciente de cuyos tendones se ocupa.

Si no, la llamo…

No sirven para nada.

No saben cocinar, ni nada. Y todas roban.

En la habitación con camillas cubiertas por un arco de magnetoterapia, sillas donde acomodar pies, brazos, manos, en los que recibir onda corta, artilugios con poleas y pesas para diferentes tratamientos, la cabina acristalada hasta la altura de los ojos donde constantemente entran y salen enfermos en busca de cura, hay un silencio excepto de voces mentales que los demás no oímos, cada cual tendido o reclinado, a la espera de la acción química o mecánica que alivie sus males, escuchando los pensamientos propios, ensimismados y autómatas, ya que otra cosa más que esperar no se puede, y de fondo la voz femenina, suavemente modulada, madura, que continúa tras el biombo de tejido blanco fruncido.

 Y roban. Por eso las despido, la oímos decir, nosotros, el puñado de pacientes y la mujer de piel algo oscura, pequeña, de negrísimo pelo recogido en una desmayada coleta, sus cortas piernas sobre un suelo brillante entarimado que apenas roza con la punta de la zapatilla, un calzado más propio de andar por casa que por aquella consulta de cierto lujo, donde se siente cohibida, sentada junto a otro paciente en un banco de terciopelo granate que hay a la entrada, y desde donde con claridad oye en silencio, sin réplica ni voz alguna, como todos nosotros allí citados, la voz que querrías de amorosa abuela desgranar no puedo hacer nada con la tendinitis, no quieren que esté sola. Por la medicación… y deja el lamento caer sobre aparatos sofisticados, cuadernos de anotaciones y citas miles, recipientes de líquidos y cremas, agujas, grandes rollos de papel blanco, entre llamadas telefónicas a la consulta y a los móviles que no todos los allí presentes recuerdan o desean apagar.

Hasta que la voz de la fisioterapeuta anuncia que ya han terminado, segundos antes de aparecer con su uniforme blanco, sus ojos inteligentes a través de las gafas de concha negra desde los que me dirige una mirada con la que nos hablamos sin palabras, tras la constatación de la pequeñez humana, encorsetada, erguida entre huesos, cartílagos, cordeles que sustentan cuerpos que ella restaura. Alivia el dolor de personas como la señora que ahora aparece vestida desde detrás del biombo, y su chica, la nueva, que escucha siempre más de lo que sus rasgos translucen, se acerca, por si necesita ayuda, la señora, y sí, la necesita, la dueña le dice que se ha dejado el bastón dentro, junto a la camilla, la chica mujer, tímida, sin seguridad ante deber entrar en lo vedado, acaba por ir en busca del bastón, lo que me permite un tiempo de abrir los ojos, observar las farfollas de carne en torno a los codos de la vieja señora a quien ahora pongo aspecto y figura, el pelo bien teñido rubio opaco, reciente de peluquería aplastado en la nuca, por donde ha estado acostada en la camilla, el cuero cabelludo blanco blanquísimo como piel de ratón, plantada allí a la espera de que la chica mujer señora seguro también abuela, le traiga el bastón, una cachava incongruente en sus colores fucsia y azules, como un juguete de niña, que agarra la mano nudosa, soporte absurdo e hiriente apoyando la mezquindad, como la penuria de convivir día y noche, dedicadas tus horas y existencia, buscando evitar otra penuria, la de los tuyos, a que pueda tener una digna aquella que piensa, pronuncia sin sonrojo

No valen para nada.

Y todas roban.

Con la nulidad de los tendones heridos como reflejo de la descomunal incapacidad de percibir una persona que una vez, seguro, al menos una, ha amado, tuvo hijos, viajó a mundo lejanos, temió a la vida, luchó para seguir y cada mañana ha de hacer de su existencia, sin saberlo ni ser muy consciente, con lo de este mes mando para Juanito y Sheila tendrá para el carrito de su bebé, un nietecito más ya,  el apoyo humano de la limitación universal.

Entonces sientes, mientras la máquina te avisa con agudos pitidos de que ha terminado por hoy el tratamiento, que hay una razón para la novela tres. Pi, pi, piii. La hay, la hay, la hay.

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2 comentarios en “Tendones rotos

  1. Mujer persona, mujer vida, mujer invisible aunque vigilada…
    MUJER DE NADA
    La hay, ¡qué ilusión que la escribas!

  2. Tanto en tan poco y con tanto tanteo y sin titubeo tener atino para tirar tinta y plasma tonos tildados penetrantes.
    Totalmente,trama,tela,teje,trae,trina,tratame,transporta,trepa,trilla, Te Da!!
    Casi estoy tras el biombo.
    Magnífica!

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