La mío nonna

Ayer bajamos a nadar al lago. Era domingo 15, fiesta nacional también en Italia. Había muchos coches y nos costó encontrar dónde dejar el nuestro. No hay playa como las de costa. Una extensión de piedras que aumentaban su tamaño conforme te adentrabas en el agua. Me daba miedo nadar allí, en aquella agua de fondo tan oscuro, aunque podían verse peces del tamaño de mi mano, no lograba relajarme, temerosa sobre aquellas rocas contra las que creía me iban a chocar las rodillas.

El sol me molestaba, alto ya cerca de la hora de la comida, y decidí ir a disfrutar de un vino en el porche del chiringuito de madera con toldo sobre dos mesas rudimentarias. Los niños tomaban su refresco, mamá quiero beber de la botella con pajita, cuando la vi, ¿dónde está el perro mamá, lo has atado tú?, a punto de entrar en el agua, queremos llevarnos el refresco a la orilla, déjanos, mamá, no nos metemos, y ya no pude apartar los ojos de ella.

Me fascinaba más que el lago, más que las embarcaciones de vela surcando el lago, las flores exuberantes, multicolores de las macetas sobre el muro que separaba la carretera, más que el paisaje de mansiones blancas con escalinatas hasta el agua del otro lado del lago, contra las montañas verdes bajo el techo limpio de un cielo sin estelas, impecable en su azul.

Aquella señora, olvidada la celebración de su pasada cincuentena, llevaba un pareo corto que le dejaba el culo al aire. Vista así, con aquél volantito minúsculo de tela ondulante, causaba más efecto que cuando se quitó la prenda que se suponía diseñada para cubrir lo que se vio era una braga tanga. Con el pareo parecía que iba desnuda.

Se movía como si fuera un remedo de Sofía Loren y Llina Lollobrigida, las dos artistas juntas.

Tenía un cuerpo feo, irregular, carnosas tetas y magras abullonadas. Daba igual, había que verla caminar sobre los ñascos con las chancletas de goma, como una actriz en la cumbre del esplendor desplaza su codiciada fama por la suite del hotel Palace con sus escarpines de blonda y tacón.

Se metió en el agua y sólo allí la señora se despojó de las chancletas. Primero se inclinó por completo, culo a los que tomaban el sol en las colchonetas acomodadas en la grava, para mojarse las manos y el pelo. Una de las nalgas llevaba un tatuaje que recordaba un sol. Se deslizó en el agua como imagino a Cleopatra en su baño de leche. Fascinante. Verla tumbarse boca arriba en la orilla, a la que llegaban suaves olas, con las piernas abiertas y tanga cara a los bañistas algo más adentro: como si el lago la estuviera amando. Lento, con parsimonia y deleite, sus rasgos faciales se relajan y sonríe con cada suave acometida del agua.

Luego lanzó las chancletas a su Mastroianni, que toma el sol con un gorro, y tiene que ir en busca de una de las chanclas junto a la nevera de una pareja, donde ha caído. El hijo de la diva y Mastroianni, algo más que adolescente, con pantalón colgón de cadera rozando el borde los tobillos, se les une como si le costase un esfuerzo tremendo desplazar su fofillo cuerpo.

¡Mamá! Ven. Mamá ¿no vienes? Mamá, ven ya, llama mi hija desde algo más allá.
Veo a la diva ponerse un vestido azul celeste, fino, encima del minúsculo bikini mojado, y dirigirse al bar.

En su camino la observo detenerse y preguntar algo a un chico guapísimo. Si hubiera sido un gigoló y ella su potencial cliente, habría sido totalmente verosímil. La señora sonríe y el muchacho también, ambos complacidos con la conversación que, lástima, no alcanzo a oír.

Al pasar junto a mí puedo verla de cerca y comprobar que le falta un trozo de nariz, en la punta, como si se la hubiese mordisqueado un bicho y luego hubiera cicatrizado, mostrando la nueva forma nasal un color uniforme.
Me pregunto que pensará el hijo, Lucas, como lo ha llamado la diva, de ella, su madre.

Mamá, ¿nos vamos? Mamá, vámonos ya, tenemos hambre, reclaman los niños desde la orilla, unos metros más allá.

Cuando sale con la cerveza la señora pide sentarse en una silla a mi mesa, única libre del minúsculo porche entoldado.
Es brasileña. Toda su familia vive allí, en Brasil. Su marido es italiano, como supuse, Mastroianni rotundo. Viven en Milán. ¡Oh! exclama. Su nonna, la mía nonna, dice alborozada al conocer mi nombre, también se llamaba así.
Sueña con Mallorca ¡mara villl lo sssssa!

Voy sabiendo más de lo que dice sin decir, más de lo que me dice en italiano, que no entiendo, mucho más de su desencanto, es pobre, lo sé, y su Mastroianni la ha defraudado tanto, y se ha confundido ella tantas veces en la vida… mamá, mamáaaa, me he cortado, me he clavado algo, sangroooo.

Tengo que excusarme, alejarme de la señora presa de su culo fofo dibujado con aquél sol o estrella moviéndose como flan que lleva el camarero en un plato, no sé si con pena o con alivio marcharme de sus manos, su brazos lánguidos, el yoni, que pide nombrarlo así, ni sexo, ni vulva ni chocho ni coño, un yoni, tapado por un dedo de tela que ponía en primer plano en su torsión al agua…

Alivio ¿de qué, en mi marcha? ¿fascinada por qué? ¿qué de ella me atrapaba? Su sol, sus gestos, su voz, su mirada… el placer de lo frívolo, de gustarse, gustar, el de querer quererse y amar, cuando sea, en el tiempo que sea, encontrarse belleza, y mostrarla, sin rubor, con risa en la pobreza, sino en una cala de isla, un lago basta… alivio a mi miedo de otros, pendientes, comidas, horarios fijos, cuidar más y más, los niños, los perros, parejas, intendencia… quiero ser ella, ah, decir la mío nonna, con tal densidad en la doble n, nasal, sinuosa, ah, si hubiera sabido alguna vez en mi vida ser ella, frívola, libre, risa, tirar la chancleta y ponerse al mundo en un dedo de tela.

Cuando le dije adiós de lejos, en el monovolumen los niños, toallas, una tirita, el perro, quién quiere agua, no me vio Rosa Ángela, como me dijo mi diva que se llamaba.

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