Noveleando

El chico quería a la chica y ella le quería a él. Amaba también a otro, al que no había vuelto a ver hasta aquella tarde que se dieron cita en el café…                                    Fotografía Zuhaitz Silva

Cafe

“La Literatura es un oficio de tontos, lleno de tontos -escucho decir a un escritor-, en mi entorno hay por lo menos veinte escritores a quienes conozco que creen en la posteridad”.

Permanencia.

El escritor desgrana su teoría con ayuda del entrevistador que le sopla efímero cuando no encuentra la palabra.                                                                               

Me pregunto sobre mi idea de permanencia ¿he pensado alguna vez en ella? ¿Alguna en que con pluma empapada en tinta negra, azul o malva, escribo en mis cuadernos? ¿Alguna ocasión, sentada al teclado? ¿con aspiración de un mañana?

Nunca.
Porque creo que soy, seré mañana. En muchas o algunas pocas, según se mire, de las personas que me he encontrado, a quienes he querido y con las que he vivido tantas experiencias. Voy en ellas y ellas en mi. Es la trascendencia que me interesa, la que me conmueve.

De todos modos, eso de la estupidez de anhelar la permanencia achacada a los autores ¿qué mas da? Es algo con lo que el interesado puede soñar sin gran certeza, lo que ocurra tras su desaparición, él no lo sabrá. Un arte de tontos, tantos como en cualquier otro, con tontos o menos listos, con menor capacidad para ver la realidad. Desde luego si no tonto, un oficio lleno de ingenuos.

Escucho a mi colega escritor hablar de la estulticia de nuestro oficio cuando hago cálculos de interés, capacidad, creatividad y tiempo que podré dedicar a esta tontería de escribir. Aunque lo que achaca a la mayor estupidez es escribir esperando ser, un gran ser.

No es más tonto que soñar con que una ley permanecerá y servirá a otros, o subir ladrillos para un edificio que albergará muchos descansos en cocinas de ciudad.

Nunca sentí escribir tras el sueño de permanecer, sino más bien que al igual que cada mañana muchos comen pan y para ello todas las noches habrá quien amase y cueza y encienda y mantenga un horno, leer es una necesidad, una riqueza, un placer, un hábito del que el ser humano no prescindirá. Y los autores con pluma, boli, teclado, si aportamos un par de libros, unas cuantas historias, estaremos haciendo oficio, noveleando, un quehacer como otro cualquiera.

Sorprendida aún de las tramas que enlazo, el personaje que perfilo o los sueños que dibujo, tan lejos de la posteridad que ni hoy mismo creo ser yo, asombrada, orgullo íntimo cuando compruebo: qué buena historia he terminado. Tan buena como una pieza de pan recién sacada del horno.

Entonces la chica pidió un cortado que se bebió a cucharaditas, y él sonrió interiormente recordando su gesto de tomar el café a diminutas porciones mientras ella le decía ¿has leído eso de que quien olvida primero es el más feliz? No he olvidado nunca, el olvido será felicidad en los agravios, en el amor el silencio es un pacto, un sello, un beso sin labios, él hizo un gesto de cabeza con el que mostró su acuerdo y al coger la jarrita de la leche, sin querer, le rozó la mano sigo noveleando cada día, sin mañana, solo un hoy inmediato, en el despertar sobre el mar de árboles que hay bajo mi ventana.

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