De la novela 3

para novela 3Santi alquiló un piso que no estaba mal. Oscuro, con la puerta cristalera del minúsculo balcón de la sala y las dos habitaciones alineadas en la derecha del pasillo hacia el mismo patio que se estrechaba como vértice de triangulo a partir de la última ventana, la del cuarto principal. La ventana de la cocina daba a otro patio distinto, al que se abrían también las cocinas de los vecinos. Oías el vapor de la cocción de sus ollas rápidas, olor a repollo y carne guisada, cómo batían el tenedor contra los platos preparando la cena, las puertas al cerrarse que confundías con las tuyas propias.

Era así la ciudad, con los bloques de pisos construidos en un bocho, un bochito, en una hondonada que se desparramaba hacia la ría húmeda y negra de barro, residuos industriales y porquerías. Y todos los edificios apiñados, con suerte un par de sus ventanas daban a la calle. Santi pagaba este piso, él debió ir a verlo, decidió que viviríamos allí, en la calle en cuesta que comenzaba su ascenso hasta los barrios altos, cuanto más alejados de la plaza que hacía de rotonda con su fuente de agua expulsando chorros hacia el cielo gris, más económico el alquiler, él lo contrató sin que yo supiera cuándo, la tarde o la mañana de una jornada laborable, un sábado o un domingo, el día en que habló con sus propietarios, si les llamó, si vio el piso en un anuncio del periódico, si se lo dieron a conocer sus compañeros, cuándo supo que era ese y decidió que viviríamos allí, en qué momentos se ocupó de todo aquello. Santi hacia así las cosas. Por su cuenta. Decía que por su trabajo. Todo era por su trabajo. Si le hubiera rogado que las hiciera de otra manera, hubiera sido una claudicación. Habría significado que lo aceptaba. A él y todo lo demás.

Trasladé mis pocas pertenencias que seguían cabiendo en la misma maleta de falso cuero marrón que había dormido años sobre el armario de la casa de mis padres, en la habitación del fondo, junto a la cama de colchón vestido sobre armazón sin cabezal, flanqueado uno de sus laterales por las estanterías de las conservas bajo el ventanuco, botes polvorientos de tomate frito, naturales partidos en trozos, pisto con mucho pimiento, guindillas verdes y mermeladas de higo, pera y melocotón. Llevé lo que cabía en mi maleta, y la mesa libro plegable de cocina que dejaron en unas basuras. La gente tiraba esas cosas y si pasabas ya anochecido pero no muy tarde, encontrabas objetos de los más inverosímiles. Y útiles. Como esta mesa en color crema, de un metro doblado sobre sí con las patas de aluminio algo oxidadas, que se desprendían del cuerpo de la mesa y las fijaba con cinta aislante para transportarla, que se había convertido en mi mobiliario de estudio. Cada mañana Santi se iba a trabajar y yo a mis clases. Situación idílica que duró nada.

Santi censura a mis amigos, que los tuviera, mis ropas, el tiempo que paso fuera de casa y quiere encontrarme siempre en ella a su regreso, aunque jamás tiene un horario fijo, por su trabajo, hay que comprender, y admitir. No podía invitar a mis compañeras a estudiar, ni tener relación con nadie ni amistades nuevas ni trato de ninguna clase. Por su trabajo.

Pasaba muchas horas sola en el piso, nunca sabía cuándo volvía Santi ni dónde estaba. Trabajando. Santi estaba trabajado, sin preguntas ni respuestas, trabajando él los días de invierno que yo cogía los botes vacíos, guardados cuando se terminaba el cacao, les quitaba el papel que envolvía la lata brillante con dibujos de chocolate y les pegaba un folio en blanco en el que había rotulado palabras con trazo elegante. Nombres como garbanzos, azúcar, lentejas, con una grafía de colores, muy bonitos, ordenados dentro de la alacena, dispuestos al alcance fácil de la mano. Me gustaba pasar el tiempo así, cuando cansada de estudiar, con el filete de la cena listo para hacerse en la plancha, no podía llamar a nadie por teléfono ni esperar que sonara con una llamada puesto que no podía compartir el número, prohibido, demasiado peligroso, arriesgado, y así eliminada la posibilidad de una voz amiga que invitara vamos a tomar un café, bajo en media hora, no tardo, me arreglo rápido, quedamos en Independencia, en el bar que hay enfrente del poli, te cuento lo que me ha dicho Chus, que Inma le ha dicho que si, y para el verano se casan, no me lo creo, pero si dijo que quería irse a la capi cuando acabaran las clases, al final, te lo dije, ésta no se atreve a salir de la falda de los padres, se queda en el pueblo haciendo bollos, bueno, no debe ser fácil decirle a la madre que ha levantado el negocio y que trabaja catorce horas al día entre el mostrador y el horno, con lo que te paga la carrera, que ahí te quedas, ama, bueno que bajo y lo hablamos y a ver qué nos ponemos para los carnavales, porque vamos a ir ¿no?.

Invierno. Botes con nombres rotulados. Está lloviendo. Ha empezado a llover. Dónde estará Santi. Veo las gotitas en el cristal de la ventana. Carreteras. Oscuro. Haces de luz. Cinta blanca de carretera mojada, indicadores kilométricos en los arcenes pasan veloces, quedan atrás poblaciones escritas en carteles prendidos al suelo, entre la lluvia fina, persistente y rabiosa. Autopista, ráfagas de luces frontales en la densa opacidad. Coches blindados que saltan por los aires. Rojos anaranjados, negros azules, grises negros. Fogonazos de calor. Humaredas. Restos y cosas y trozos grandes y pequeños en la carretera mojada, y más allá, en la cuneta, esparcidos. No puedo pensar en eso todo el rato. Dejo los rotuladores en su caja, amontono ordenados los folios sobre la mesa de la cocina.

Aunque es pronto aún, se ha hecho de noche con la tormenta. Dónde estará Santi. No voy a encender la tele ¿para qué? ¿qué podría hacer, si veo lo que temo? Me levanto. Paseo un poco por los cuartos. La dos camitas gemelas de colcha horrorosa floreada de la propietaria del piso con la mesilla en medio, la alfombra de pelo delante, el armario con espejo en el que me veo cuando duermo sola en ese cuarto, cuando no soporto la intimidad con mi compañero, ese cuerpo grande, inmenso que se come todo mi espacio, me asfixia al lado su silencio, su reproche, su miedo y mi miedo entrelazados, cuando somos incapaces de hacer el amor, enfermos de temor, él a un palmo a millones de kilómetros, yo pequeña, asustada por ambos y sola en defensa del cuerpo tibio que emana cólera contenida en mi costado, me quiere, no lo dice, como una claudicación de batalla no lo dice jamás, como dos púgiles sobre una lona rectangular que es la cama, solo está conmigo, quiere estar, dónde estará Santi esta tarde.

Ojalá escuchara el sonido de la llave abriendo la puerta al principio de la casa, donde empieza el pasillo, que me conecta con fuera. Nada. Solo la lluvia, que arrecia, contra las ventanas. Cerraría, porque he limpiado anteayer los cristales y se van a quedar todos marcados. Hago el ademán en la salita. Tiro de la cinta y suelto. Paro. No puedo, soy incapaz de bajar las persianas, despacio, despacio, ver la persiana caer y quedarme sola en el estático interior. Como un mausoleo. Aire quieto. Tibio, templado, hay calefacción, de dónde ésta tiritona que me hace apretarme los brazos uno contra otro, tengo hueco por dentro, Santi, dónde estarás y quién te sigue los pasos, a quién sigues, todos vigilantes, alertas, envueltos en la amenaza permanente hostil, dónde estará tu mente, por qué nunca he conseguido sentirme algo tuyo, parte de ti, valiosa, a tu lado, esa forma de quererme, aislada, ¿es verdad que me quieres? ¿me conoces? quien soy¿me quieres a mí? El balcón con la pared del patio por donde bajan los chorreones de agua sucia, a un par de metros, las cuerdas de tender donde nunca he puesto ropa a secar, ni la tuya ni la mía porque si cuelgo la mía sola ¿por qué? Se escamarán los vecinos, ¿y la tuya? ¿Y la ropa de él? ¿No la lavan, o qué? ese uniforme es feo Santi, qué feo es, ese que me descontrola cuando cojo la mano de un compañero y echo a correr por las aceras donde nos manifestamos, porque atisbo al final de la calle que llegan a decenas pantalones y chaquetas iguales, corriendo, voces y gritos y carreras, tensión, suenan las bolas disparadas, una fracción de silencio ¿le han dado? ¿a quién? ¿A esos? ¡Cabrones! ¡le han dado! Y la mordida del dolor, lamentos, tirones, miedo, frenazos, sirenas, horror al tormento que llega dentro de pantalones y camisas y chaquetas iguales a las que no puedo poner en el tendal.

Lo lavo todo junto a mis jerséis, lo saco muy centrifugado, pesado aún de humedad ese uniforme que no cubre tu pecho, tus hombros, tu piel, abotonada la camisa en las muñecas fuertes con un poco de vello y el dorso suave, porque ya no trabajas en la calle, buen comportamiento, inteligente, educado, licenciado casi, te sacaron de las calles, pero el uniforme lo has de tener limpio y dispuesto siempre, lo lavo de vez en cuando y lo coloco sobre el tendedero de interior que despliego en el cuarto pequeño, ante la alfombra de pelillo, reflejado el uniforme en el espejo del armario, falso duplicado en su fondo irreal.

Me he comido el filete, se me ha quedado algo duro. Me habría gustado escuchar el tenedor batiendo sobre el plato para la tortilla de cada noche de la vecina, pero llueve, y ni una rendija para que se vaya el humo del frito han dejado. Es la lluvia lo que suena y mi propio cuchillo y tenedor contra mi plato.
He lavado el plato, los cubiertos, la sartén y el vaso. Escurren ya junto al fregadero también secado.

Hay de todo en la casa y sin embargo… la sensación de que nada tengo me oprime. Me lavo los dientes. Me pongo el pijama. Escucharía la radio, pero no quiero. Debería estudiar un tema de Pensamiento político más, Economía de la empresa, Teoría de la redacción II… pero no me da la cabeza. Me abrocho los dos botones del cuello del pijama y prendo la luz de la lamparilla. Parece que ha dejado de llover. Quiero dormirme pronto. El tic tac del reloj de mesilla de cuerda que tengo de la abuela y la trae a ella. Esta noche Santi tampoco llega. Nunca llama. Por su trabajo. El trabajo de Santi, que manda.

Suena el teléfono en los primeros momentos que me había adentrado en el sueño. Suena hiriente en la casa silenciosa. Repite su picuda llamada. ¡Santi! Cojo el aparato crema suave y me sale un hola ronco por el mucho tiempo sin hablar con nadie.
Un grito largo. Atraviesa desde el oído raudo como un fluido venenoso y se me clava en el pecho. Duele. El corazón se me dispara al unísono con el segundo grito.
Suelto el auricular.
Desde donde estoy, todos los músculos del cuerpo tensados sobre la cama, la cabeza quieta, alzada, puedo escuchar el pitido de la línea que indica han cortado la llamada.

¿Quién ha llamado? ¿Quién, si la línea telefónica está recién contratada? ¿A quiénes les hemos dado el número? Tan reducido y limitado nuestro contacto, exiliados en la intimidad de casa. Miro el reloj. La una. Me pregunto ahora quién grita, me grita, en la madrugada.
Santi, dónde estará. Si pudiera contarle, si fuera distinto a lo que dedica su vida, si nuestra relación fuera otra. ¿Cuál? No lo sé, otra, diferente, cálida, no hay lugar para la calidez ni la tibieza en la guerra. Porque entonces, si flaqueas, te matan. O te hieren de muerte. He encendido la luz grande. La de la lámpara de brazos retorcidos sobre la cama con bombillas imitando velas. Así, miro desencajada paredes, ventana, la puerta del cuarto por donde más que nunca desearía ver aparecer a Santi. Si apareciera entonces, quizás, quizá… El pavor por él, por mí, me deja mucho tiempo de la noche a merced del temor por las amenazas.

Medio despierto cuando noto el calor de unos miembros que se acoplan a mi espalda, en la cama. Me doy la vuelta y en la penumbra apenas veo la cara de Santi, me pego a él, a su barba, a su piel familiar y me aprieto contra su cuerpo. Me pongo a llorar. Me queman las lágrimas. Me pregunta qué pasa, qué te pasa, pero solo quiero sentir una fortaleza de carne en sus brazos y miembros, que me protegerá contra todo, que somos uno, como en las pelis, así, fundidos. Santi intenta que aparte la cabeza de su cuello, donde la he hundido y lo mojo de saliva, para mirarme, pero qué te ha pasado ¿estás mal? ¿enferma? Solo me sale Santi, Santi. Me deja un rato tranquila, pone la palma de la mano haciendo cuenco en mi nuca.

Santi me acaricia. Cuando lo hace es como la primera vez que el hombre acaricia en la Creación. La suya es la mano del ser primitivo endurecida para la caza cuando de noche a ras de cielo bajo un árbol descubre la tibieza de la hembra. Es como la mano de un padre que toca por primera vez al hijo recién nacido. Es como cuando un tallador recorre las aristas de un diamante y un escultor pasa la mano polvorienta de marés sobre el muslo de la mujer enamorada, que brota de su cincel. Su mano, la mano con que Santi me acaricia, su temperatura, la suavidad y delicadeza, lentitud con que desliza su mullida palma sobre mi piel es como si mis hombros, mis brazos, mi espalda o mi vientre fueran una extensión de terciopelo donde rastrea oxígeno amoroso con el que vivir, es la primera caricia de la humanidad o el temor de la última.

Me calmo y le cuento de los gritos en el teléfono.

Me suelta. Me aparta. Con brusquedad se gira hacia su mesilla. Enciende la lámpara. Empieza el interrogatorio en voz tensa, queda, Santi nunca grita, a quién, cuándo, por qué, si he dado el teléfono, he tenido que dárselo a alguien.
Enciende un cigarro. Comienza a apartarse hacia los lados el bigote que le cae sobre el labio superior con la boquilla del cigarro, como le conozco hace cuando quiere serenarse. A nadie. No me cree. No se lo he dado a nadie, Santi. Todos en la facultad piensan que es administrativo, en una empresa de transportes, eso es lo que les digo a todos, vivo con un chico que es administrativo en una empresa de transporte urgente, repito lo que hemos acordado que les diré a mis compañeros. A veces sale con los camiones de reparto a otras ciudades el hombre con el que vivo, digo. También a Manuela, mi nueva amiga, que conocí el día que me pidió apuntes cuando bajamos en el autobús de la universidad un mediodía.

-Es de los otros.
-¿Quién?
-Tu amiga, la que dices es tu amiga. La he investigado.
-¿La has investigado? ¿Has hecho qué? Si no sabe en qué trabajas.
-Tengo que hacerlo con todo el mundo ¿es que no lo entiendes? Va con alguna gente con la que no me interesa se te relacione. Es peligroso ¿cómo tengo que decírtelo?
-Santi: yo también soy de los otros. ¿Quiénes son esos con los que va mi compañera de clase? ¿gente de la cuadrilla? ¿les has investigado? ¿y qué hacen? ¿La gente con la que va a tomarse unos potes cada tarde? Aquí todos tienen a unos a un lado y a otros en el otro. Hasta dentro de casa, lo sabes. Es así. ¿Me han investigado tus compañeros a mí? ¿Quiénes? Tú has sido de los otros, eras de los otros, te enfrentaste hasta a tu familia por pertenecer a los otros, te humillaba tu padre y su sumisión al dueño, sabes lo que es ser de los que no quieren dominación sin norma, sin razón. El hombre ese para el que trabajas ¿de qué otros es? Ese al que idolatras, ¿es de éstos? ¿Sólo víctima? ¿Inocente? ¿o de los otros? ¿qué estáis haciendo, Santi, qué hacéis y dónde, a quiénes? Ese político por el que darías tu vida, tendrías que darla, ese es tu trabajo, escudo humano, cállate grita, no me callo, y me cuentas admirado que os dice le dejéis solo si llegan, le dejéis para que terminen solo con él y vosotros no os arriesguéis ¿lo harías, Santi? ¿Sabes qué harías? ¿quiénes son los otros, el peligro Santi? ¿hay unos a un lado claro y otros a otro oscuro? ¿Los del tuyo supuesto, te defenderían a ti?

Me sale un resuello con la última pregunta. He preguntado como ráfagas de palabras. Tomo aire. Me froto las manos, para sentir piel, sentirme viva. Quiero una amiga, si. Necesito hablar con gente, con personas.

-No tienes ni idea, ni idea de lo que hablas.
-No sé nada, no, porque no me cuentas ¿qué me cuentas? ¿Qué sé yo? ¿Que te vas y no sé nunca cuando vas a volver o si, o si… ? ¿Que llamo cuando veo las noticias y me aprieto los dedos hasta clavarme las uñas y escuchar que me dicen que no, esta vez no? ¿Que sales y no sé si será para un día, dos, tres… ? ¿Que despiertas al político cada mañana y ves cómo se inyecta vitaminas y te presta libros y comentáis y… que compartís ideología y militancia y te sientes valorado? ¿Que estás haciendo algo, por una causa? Y yo qué, Santi ¿No puedo yo tener amigos, a nadie?-. Se me caen los mocos y me limpio con la sábana, no tengo pañuelos cerca y tampoco me importa mucho.

El cigarro se le ha consumido sobre el cenicero que dejó colocado entre las la sábanas, toda la habitación huele a tabaco negro, impasible como una estatua a mi lado, casi parece que ni respira. Observo su perfil de nariz romana, los ojos bajos, mirando el humo del cigarro que de nuevo ha encendido, las arrugas de la sábana.
-Te vas, y nunca sé cuando vienes, si vendrás… tengo miedo, todos los días, cada día, si te pasará algo, si te tocará a ti.
-¿Qué quieres que haga?
-Que no me culpes cuando regresas.
-Vuelvo a una casa donde encuentro a una enemiga.
-¿Enemiga? ¿Eso es lo que soy? Sabías cómo era, todo lo sabías, desde hace años ¿a qué más quieres que renuncie? ¿Crees que se puede cambiar el pensamiento para acomodarse al querer? ¿Matarás aquello que querías de mí?.
-Tú también sabías a qué me dedicaba. Y aquí estás, conmigo. Te viniste a esta casa -sale de la cama y me da la espalda-. Solo te preocupa lo tuyo, tu carrera.
-¿Por qué dices eso? Rogaste que viniera, que te acompañara, que lo intentáramos. ¿Tengo yo la culpa de lo que pasó en tu casa? ¿de las discusiones con tus padres por militar? ¿De que abandonaras todo a unos meses de terminar tu licenciatura? Que hicieras aquél maldito examen y aprobaras con máxima nota y a pesar de poder elegir destino eligieras esto… Tu despeñadero de acantilado particular, tu salto al centro de la hoguera, en la que lentamente te consumes. Yo quiero seguir, si, Santi ¿Ese es mi delito? ¿Que sigo y tú no siguieras? Puedes hacerlo, si te lo propones…
-Cállate -grita con voz sorda-, te vales de las personas. Nos utilizas. Me utilizas. Solo te importa que te mantenga. Cuando consigas algo más en la vida, sé lo que pasará. Ahora porque solo te codeas con gente como yo, pero lo que te importa es tu carrera y nada más, tu carrera, que te permites con mi trabajo, ese del que abominas.
Se ha levantado, ha salido hacia la puerta y al ir abrirla se ha quedado con la manilla, partida por la violencia del gesto de abrir, en la mano, arrancada de la madera.
Siento que lo siento, un lo siento grande, arrasador. Me gustaría que nos abrazáramos, que me quisiera y poder quererle yo, llorar juntos y hacer barrera, pero es mi enemigo y siente que su enemiga en casa soy yo.

Es una guerra dentro de otra.

-Si han llamado y han gritado saben quiénes somos y dónde vivimos -entra de nuevo hasta mitad del cuarto-, ¿no comprendes lo que significa eso? ¿Es que eres tan idiota que no lo entiendes?
-¿Por qué me insultas? ¿Qué he hecho yo? Te he dicho que no he dado el número de teléfono a nadie.
-No está en la guía.
-No tengo la culpa, no tengo culpa de toda esta mierda, joder, Santi.

Mis últimas palabras se funden con el portazo de la puerta que cierra la sala.

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