Contacto

La abrazo, apartando la vergüenza inculcada, la abrazo como no lo he hecho nunca, el cálculo rápido de los muchos años que nos conocemos mientras le paso los brazos por la espalda y nos abrazamos, siento por primera vez su pecho, más pequeño, en mi pecho. También su espalda es más estrecha, abarcable, descubro que hay menos densidad entre sus huesos y su piel de lo que tiene la mía.

Abrazo el cuerpo femenino y doliente mientras llora, y tiembla. Le digo que me mire, y le hablo, que me mire mientras repito no va a pasar.

Y cuando se calma la acojo de costado, le beso la frente. Por primera vez también noto el olor de su piel así, tan cercano, y percibo su temperatura. Hago el ademán de quitarle la media calcetín, pero se retrae, a ella también le da reparo. Nunca hemos hecho algo tan íntimo como desvestirnos. Horas de charla, cafés, visitas, viajes, compartir educación de los hijos, confidencias de madres, de hijas, de pareja, pero quitarnos una prenda no. A lo más pasarnos un chal o una rebeca para la fresca en una terraza.

Durante años cerca cuando comprendo que seré incapaz, que no sabré, que no podré entender cuando llora y gime, se retuerce, lamenta, se le agita la respiración, qué siente.

Y me pregunto, en su situación ¿podría nadar? ¿podría caminar? ¿podría, ante lo que se enfrenta, abordar las mínimas cosas básicas que me hacen sentir viva cada mañana?

Todos nosotros creemos entender el dolor de la orfandad aún antes de experimentarlo, tantas veces leído, estudiado, escuchado, presenciado… para comprender un día que no, que no se sabía nada del verdadero dolor de la madre ausente, para siempre, eso que un día te hace desear estar tendida en el suelo, para ovillarte así, cerca de la tierra y ansiar su presencia, la de la madre en el dolor extremo, y comprender que no, de verdad no se sabía qué era la pérdida.

Con ella ahora, el ser querido doliente, ocurre igual.

Por más que le acaricio el pelo, la estrecho como madre contra mi pecho, le quito las medias, la obligo a tomar unas cucharadas de sopa, que se le desbordan y manchan su camisón, ella, que cada tarde sale cuidadosamente vestida, maquillada, peinada, se descorazona al ver su pechera manchada, y pasa cada instante de una frase a otra me voy a morir, voy a estar fea, mutilada para siempre, y si le hago recordar nuestros viajes y ratos de playa dice que no volverá a vivirlo, y si le dibujo un futuro con el deleite de los paseos que daremos, la visita al restaurante favorito de la sierra, la graduación de los hijos y el primero de los nietos, dice para mí todo se ha acabado.

Y mientras niegas, niegas con fortaleza hecha verborrea, quisieras callarte, pero hablas porque solo tienes palabras para espantar el miedo, niegas el fin próximo con una única certeza absoluta: la de que no tienes ni idea ante la amiga con un nuevo tumor en su cuerpo, estrecho, de espalda y pecho breves, menguados cada día, qué puede estar sintiendo.

Porque por mucha que sea la vida vivida, numerosos los lugares, situaciones y experiencias transitadas, la empatía en el dolor se esfuma, es huidiza, no hay lienzo ni escrito ni melodía ni voz que la plasme.

Toco sus manos, las beso de vez en cuando, pero sé que no puedo sentir como ella su angustia. De ahí la llamada, la palabra repetida que desgrana cada noche, que invoca al cuerpo que la contuvo, madre, mi madre, madre. 

nyy

Porque en el dolor y el miedo, lo único que calma es sentirnos envueltos de nuevo por una piel que nos estrechó, la piel que nos amó, ante el temor, como cuerpo que siente y fluye y respira, vivo, frente al terror del final el único bálsamo, ancestral, primitivo, es el contacto.

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2 comentarios en “Contacto

  1. Compañera y amiga, que sensibilidad desprende. No lloro porque soy un hombre (que estupidez) pero no será por falta de ganas.

    El contacto esconde muchos temores, miedos muy profundos, aunque a mi me gusta más pensar en su efecto cercano, liberador y armonioso. Dicen que cuando tocas a alguien, nunca vuelves a ser el mismo. Una parte de ti se traslada a la otra persona y viceversa.

    Quien no ha dormido con el otro o la otra y no ha buscado ese contacto casto, acurrucándose, juntos, sólo contacto, sin palabras.

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