Viaje al nacimiento de la vida

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Fotografía Zuhaitz Silva

Cuántos aparatos. Parece un refugio hecho de instrumentos, cables, sujeciones,sábanas inmaculadas, almohadillas, frascos llenos, botes abiertos… ni una minúscula porción de espacio parece vacía allí dentro, cada cosa ocupa un lugar preciso. Y todo se desliza, en movimiento. Una sirena exterior ¿qué alerta? Ni en este instante puede dejar de mirar. Ve lucecitas que parpadean, toallas, papel, envases, cajas, mientras cuenta mentalmente. Poco, le da para contar menos cada vez. Entre quemadura y quemadura del vientre.

Jorge su fue en busca de su madre, y ya no tuvo tiempo de esperarle, marca al teléfono y entre contracción y contracción le jadea: es la hora, no puedo, no puedo esperar, Jorge, me pesa abajo, no sé que hacer, es como un bizcocho compacto que empuja contra la pelvis, siente, pero no dice, no sé qué debo hacer, cruzar las piernas no basta, Jorge, te digo que no. Es como si hubiera mantequilla en torno al mazacote prensado. Que pugna por salir.

En unos minutos la ambulancia ha llegado, los camilleros la han encontrado en posición fetal apretándose con los brazos. Todas las tardes de clases, inspirar, contar, expulsar lentamente, no le han servido para nada. Jorge ¿por qué has tenido que hacerme caso, por qué has tenido que irte?, ve a casa de mi madre, tráela, Jorge, ya sabía que habíamos acordado solos, juntos y solos en esto, pero quiero a mi madre Jorge, tráela, por favor, le suplica sobre la traición dolida en sus ojos, trae a mi madre, quiero que esté, conmigo.

La bolsa de tela suavemente coloreada, en el mueble de entrada, indica al enfermero que la sujeta por las axilas, la bolsa, por favor, con los baberitos y los pijamas primeros días que le han regalado las compañeras de trabajo, sabe que con aprehensión, con crítica velada porque pasa los cuarenta y ya ninguna creía, ninguna pensaba, lo ha sabido todo el tiempo que ha extendido las prendas diminutas sobre la cama para observarlas e intentar imaginar dentro de ellas las piernas, los brazos y el contorno de un bebé que ya nadie esperaba, ahora formado, nariz, pelo y uñitas dentro de su vientre. Han mirado con recelo su cuerpo, todo este tiempo, entre ordenadores, documentos, gestiones, productividad, cuenta de resultados, sala de reuniones y avanzando por los pasillos, ella que entra, sale, existe, su cuerpo que cambia y en su interior, algo crece.

Ha ocurrido.

Tantas veces había dedicado esfuerzo y tiempo a evitarlo, que lo uno llevara a lo otro, el sexo con Jorge, los fluidos mezclados, que cuando llegó el momento, tenemos casa, está bonita, mira los muebles, nuevos y relucientes, trabajas, trabajamos en empresas estables, te quiero, me quieres, es la hora le dijo Jorge, ahora o nunca, tanto había pasado desde adolescente que cuando dio el paso había dejado de asociarlo, que se hacía así, que de la cópula sin química ni frenos técnicos, terapéuticos, nacería un niño. Estaría su hijo. Tantos años sin unir lo uno a lo otro, vida y cópula, que casi lo había olvidado.

Ahora lacera de nuevo un dolor como nunca antes jamás. Le habría gustado estar de pie, andar, danzar, pero no se lo permiten, dicen que así, tendida, podrán ver, actuar, manejarse.

Tiene miedo, no soy muy vieja, mucho miedo la en breve madre, madre, saldrá bien, no le haré daño, por haber esperado, estará bien, lo dicen, dicen los médicos que todo es correcto, a partir de hoy seré madre para siempre. Eso es lo que se espera, una vez que pase el momento del viaje al nacimiento, querrá que sea perpetua, la madre.

Asustada, repasa, para calmar dolorosas oleadas, temores,  llevo crema hidratante, lociones y colonia para la piel del bebé, toallitas perfumadas, unos patucos tejidos por la abuela, dice Jorge que hará calor y para qué, llevo la cartilla, los papeles del médico, los últimos informes y revisiones, llevo el libro que estaba leyendo y unas pinzas para el pelo, llevo mis zapatillas de casa, un camisón abierto para darle el pecho, llevo chupetes, biberón que ya sé en el hospital tienen, y el sello diminuto con la inicial grabada para que se lo ponga nada más nacer, ha pedido mi padre, la cajita con el sello de oro regalo del abuelo y unas gafas de lejos, chicles de menta, se me secará la boca… pesa la bolsa y al entrar en el hospital el camillero se la lleva tras ella.

Al traspasar puertas cristaleras de acceso, plantas, ascensores que se abren y cierran a su paso, tiene la sensación de que la parte inferior de su cuerpo se desprenderá entera. La cogen entre dos, la trasladan de cama, así tumbada, pero mujer, el sujetador todavía puesto, piernas alzadas, introducen algo, aparecen dos cables, sí, de dos colores, rojo y azul, una cinta elástica en el abdomen y más cables unidos al monitor, oye un corazón ¿el suyo, el del que está a punto de nacer? Gomas que anudan sus venas, agujas que entran, extraen, introducen…

Neblina, Jorge ¿no está? Caras ante ella, en esa postura las ve entre sus piernas, empuja, empuja, cómo, casi no puede, no siente nada, bruma, un pececito cubierto por tela, verde hospital, parpadeo lento, felicidades, por quién se alegran, apartar la tela, es mío, ha estado dentro, en mi envoltorio, en mi cuerpo. Es mi hijo. Ha nacido.

En Europa.

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2 comentarios en “Viaje al nacimiento de la vida

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