La espera de Adéle


Adéle pasaba sus días esperando.DSC_0081

Esperando.                                                           Fotografía Zuhaitz Silva
No decía qué esperaba, se reconcentraba en unos rasgos que nada transmitían, como cuando se cubría el cuerpo con la chaqueta de punto, extendiendo una doble muralla de tejido y brazos ante su pecho, hiciera o no hiciera frío. Cada tarde, Adéle se arrebujaba. Sobre su chaqueta, sus mangas, en sí misma, sus injurias listadas mentalmente una tras otra en un inventario cada vez más extenso de agravios ajenos.

Adéle espera, sentada o haciendo algo con las manos, con la mente, trabajando, en el fondo de sí, pasa la vida esperando algo que no recibe. Extraviada en anhelos, aquello que debe llegar, que debiera obtener, sin necesidad de palabras, sin expresar, sin decir, sin absolver acciones u omisiones. De los otros, que han de saber. Debieran conocer.

Adéle cree que lo que espera es que el otro diga lo siento. Me confundí, no fui lo suficientemente esto o aquello.
Cree que la disculpa del otro sanará sus heridas, cometí un error, no supe hacer que, mi insensibilidad impidió, debí, expresiones que le devolverán la confianza en los demás, en que merece la pena y todas esas cosas. Son los demás, están fuera, lo que hacen o dejen de hacer. Templará su indignación y su rabia.

Pero una mañana -después de una noche inquieta de sábanas revueltas y sueños que se quedan tras saltar de la cama, al sentarse en el borde, los pies desnudos sobre la madera, apartado el visillo frente a la ventana-, le asalta a los ojos, la nariz, la frente, la boca prieta de dignidad herida, todos los rasgos sorprendidos por el vaso lanzado de agua fría que es la realidad que se le estrella y ha querido apartar como con una servilleta con la que pudiera secar toda mojadura, velándole los ojos y el entendimiento, sin rastro de húmeda evidencia, comprende todo lo que ella hizo. Mal. Toda la parte de responsabilidad aunque fuera con la aceptación, las muchas aquiescencias de su vida.

Pasa largo tiempo, interminables, envolventes, reiterativos argumentos, no quiere verlo. Cree Adéle que es el reconocimiento del otro lo que le dará calma, su petición de perdón. Lo que los ajenos le han infringido. O Nunca le ofrecieron. Cegador cuando descubre que esa paz no llegará. No de fuera. No de otros. No hasta que quien se absuelva sea ella.

Adéle quien deje laxos sus brazos, ni a medio camino en los bolsillos de la chaqueta permita que los dedos tropiecen, reposen, se oculten, cuando Adéle se disculpe y con ella a los demás, los brazos caídos a lo largo del cuerpo, muestre su pecho descubierto, y sin esperar nada, confiada, abra la boca, diga y baje la guardia.

Quiere tirar piedras pero la mano va al bolsillo y no le queda ni una.

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Un comentario en “La espera de Adéle

  1. Si hay que acercarse al abismo, rozar el aliento del frío que viene envuelto en la capa de plata, del gris de los labios que hablan a través de la cortina del alma, lo haces.
    Es allí donde se encuentra la verdadera maestría de tus dedos y la regla métrica de tu escritura genuina, que no sólo es para ellos, también eres tú, por eso esencial y auténtica…

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