El arte del retiro

Cuando creo que tras un año de artículos, el viaje físico de miles de kilómetros que originó este cuaderno virtual, que continuó su camino creativo a lo largo de los meses, ha llegado a su término -quién tiene tiempo para leer, para dedicarle, qué tengo que ofrecer y a quién para detenerse en esta pantalla-, llega un correo con el aviso de un nuevo seguidor que se suma al blog. Con avatar desconocido ¿amigo? ¿buceador de webs? ¿enlazado desde otros diarios?, lo tomo como petición de continuar aventura.
Quizá, me digo, si se despierta en la creencia de la nimiedad comunicativa propia, pueda traer el pensamiento de otros. Lo que me conmueve y enriquece de las letras ajenas.

Lo pienso cuando aparece Alejandro y cuenta queportada-las-puertas-de-la-noche

Vivir es aprender a irse. Aprender a abandonar. Se dejaba el trabajo exitoso, la fama pública, las ciudades, los afectos, las rutinas, el tiempo manejable, los mandatos de la supervivencia. Así tramó Confucio su vida, retirándose. Otros espacios, otras luchas, otro corazón. No hay que quedarse, hay que saber irse. El que permanece no crece. Todos conocemos el momento en que hay que marcharse. Solo algunos lo hacen…, el resto, bueno, nos quedamos a lamentar no habernos ido cuando debíamos.

Viene Alejandro Gándara a serenarme con la idea de que frente a voces de insensatez, irresponsabilidad, tú está loca, piensa en los hijos, que dicen temerosos los amigos, sin ser consciente me he pasado la vida decidiendo inmersa en la sabia filosofía de Confucio. Leo en Las puertas de la noche: ni ignorancia ni locura: crecer.

De la mano de mi hijo me dice Rosendo que

Pardo y mortecino no te quiero ver, nunca más,
Culpando de sofocos al destino que… ¿dónde está?
Sigo mi camino me lo invento, ¿ves?…
No me queda más
Para cuando desatino viento fresco
Porque no queda más
Vas a minutar el desafine y sé que lo harás
Con eso se disloca el suma y sigue y no me verás
Sigo mi camino me lo invento, no me queda más

De nuevo Gándara, cuando concluye su obra con varios agradecimientos, entre ellos a una persona por haberse chupado versiones innumerables de este texto y por despreciar mi desaliento.

Acompañada por quienes desde el otro lado de la luminosidad blanca me han leído durante un año, continúo, le doy la bienvenida al nuevo amigo que se suma y agradezco la existencia de la persona que se está chupando versiones de mi última novela, despreciando mi desaliento.

Seguimos entonces, de momento no es hora de irse de este sitio.

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