Un verano muy al sur

La tía Lili había venido este verano. Con ella había llegado, como todos los años, el tío Venancio. Tan comunes eran las visitas que habíamos olvidado que fue el tío quien un día había traído con él a su mujer, de tan lejos, al volante del coche grande y lujoso, que también traía. En una sillita en la parte de atrás viajaba esta vez su bebé, que había nacido el año anterior y lo miraba todo con sus enormes ojos negros bajo los rizos rubios, sin entender nada. No por su corta edad, sino por el idioma, que era distinto al que comenzaba a aprender en el jardín de infancia. Pensamos que aquél verano hablaríamos casi todo el tiempo del nuevo bebé.

Este verano la expectación por el coche grande y lujoso, nuevo que traía el tío en cada ocasión, rivalizó efectivamente con la pequeña, nuestra nueva prima que balbuceaba palabras con sonidos que nos resultaban raros y nos hacían reír.

La tía Lili también reía, y a falta de frases que pudiéramos comprender, nos dedicaba sonrisas constantes. Era muy alta, mucho más que nuestro tío Venancio. El tío se parecía a papá, lo normal, claro, porque eran hermanos.

Todos los años, cuando llegaba la carta que anunciaba su visita, la casa se ponía en marcha con una actividad multiplicada: mi madre limpiaba a fondo su habitación, que iba a cederles, la más grande de la casa, con ventanas al patio delantero, que se extendía de lado a lado de la fachada, plantado de rosales y sombreado con parras cuyas ramas se colaban por entre los barrotes de la ventana del cuarto. Dibujaban su sombra agitada sobre el suelo de baldosas rojas y blancas colocadas a damas, y sobre la colcha de hilo con que mi madre cubría la cama. Dejaba libres de santos y postales y pendientes y pastillas y ganchos, cenicero y tarros de colonia las dos mesillas laterales, que mostraban solo el reloj de esfera algo oxidada y un jarroncito sin flores.

Uno de los huecos del armario despejados de perchas con ropa, un banco en la esquina y el cajón de arriba del tocador para ellos, los tíos, que pronto iban a llegar.

Mi padre había pasado varias tardes, al volver del trabajo, matando conejos y gallinas, limpiándolos de plumas y pelos y dejándolos listos para meter en el arcón congelador que ocupaba una de las estancias de paso de la casa y que permitían a mi madre no tener que ir al mercado con frecuencia.

Mi madre después de guardar los animales limpios para ser cocinados, escogía las sábanas más lustrosas, las lavaba en agua con azulete, las tendía para que se blanquearan de sol y las ponía bien estiradas y frescas en la cama para sus parientes.

Cocinaba guisos y traía los embutidos favoritos del tío Venancio, arrastrando del peso de las bolsas desde el mercado, a varios kilómetros de distancia, muy contenta pensando por el camino en lo mucho que le iban a gustar a su cuñado.

Cuando llegaba a casa, cansada y acalorada del camino, se refrescaba en el pozo que se levantaba en medio del recibidor, era de mentira y no tenía agua propia. Era un pozo de cemento adornado con piedras de río y coronado con un arco del que pendía un pequeño cubo metálico. En lugar de fondo, un gran barreño de barro barnizado donde mi madre ponía agua del grifo y flotando en ella varias rosas recién cortadas. En el trajín de cambio y ornamento de rosas se refrescaba los brazos, la cara, con el agua que le resultaba perfumada.

La casa parecía una fiesta viva mucho antes de que los causantes de la celebración llegaran. Se les aguardaba y se hablaba de ellos en cada comida, cada cena, casi en cada cosa que se hacía mención estaban los tíos como presencia: huertos, corrales, árboles, sembrados, cacharrería de cocina, jabonetas y geles de baño, toallas o sábanas… allí estaban los tíos, si les gustaría o qué cosas les agradarían más. Allí estaban, en cada cosa para ellos preparada. Y nosotros, a la espera.

Por fin llegaba el día, ese verano, también, en que el gran coche sobre el que jugábamos a adivinar color y marca, traspasaba la puerta de malla metálica del principio de la tierra y por la gravilla, suave, se deslizaba hasta la parte de atrás, bajo las parras.

Aquél año se decidió que mi padre y mi madre y el tío Venancio irían a recoger a los abuelos en coche, y los traerían desde la ciudad donde vivían hasta casa, para que todos pudiéramos estar juntos unos días.

Yo me quedaría en casa con la tía Lili y su niñita, haciendo la comida y de traductora de su lenguaje del que apenas compartíamos unas palabras. Me gustaba la tarea y la responsabilidad me hacía sentir mayor en casa, ese mayor que solo se alcanzaba si eras varón, casada o cuando tenías un hijo, como mi tía. Ella parecía otro tipo de mayor, primero por su altura, que nos sacaba a todos una cabeza y que con sus larguísimas piernas envueltas en faldas hasta la rodilla, parecía un ave u otra cosa flotante. Las tenía muy blancas, las piernas como todo lo demás y por la mañana había querido tomar el sol en la charca que se levantaba a mitad de la huerta y que servía para regar. La había acompañado e imitado cuando, a resguardo de miradas, creíamos, se había desprendido de la parte de arriba del bikini.

Por esas cosas me gustaba también la tía, porque así, medio desnuda, con ella y sus sonrisas, yo me sentía muy moderna. Otra cosa.

Ya se habían montado, después de comer, en el coche blanco enorme, y ya habían atravesado el portón de salida cuando desde el patio delantero iba a verles tomar la carretera en dirección a casa de mis abuelos. Eso pensaba: distraerme con el coche en la lejanía, cuando a la izquierda, por el olivar, escuché a mi madre gritar. Vi su figura, su vestido rosa fuerte contrastar contra la masa informe y monocolor de los árboles, ascendiendo campo arriba. Gritaba: ¡Abel, no lo mates, no lo mates, Abel!

Eso creí entender antes de salir disparada hacia el portón.

Qué pasaba, qué pasaba.

Con el motor en marcha, a un lado del camino, estaba el coche del tío parado con las cuatro puertas abiertas. Dentro mi hermano pequeño me miraba en absoluto silencio.

No lo sé, no lo sé, papá ha salido corriendo, fue todo lo que su corta edad supo explicarme.

Me quedé allí, sin saber qué hacer ni qué explicarle a la tía Lili, que al escuchar las voces me había seguido con nuestra primita en brazos. Pasó un rato inquieto y denso solo acompañado por las ráfagas de los camiones al pasar por la carretera. El bebé se había dormido.

Al fondo y saliendo de entre el olivar tres figuras con la del vestido rosa fuerte de mi madre detrás. El hombre del medio era el único extraño. Sangraba por la frente y al tenerlos más cerca vi que también por la boca, en la que le faltaba un diente.

Mi padre y el tío Venancio le flanqueaban, sin tocarle, sin ponerle una mano encima ni empujarle, pero los tres iban al mismo paso, como en formación.

– ¿Es este? ¿Es este? Preguntaba mi padre cuando los tuve delante. Yo no había querido avanzar ni un paso, aterrada de la sangre, de la furia en los ojos de mi padre, de lo que allí pasaba, mientras repetía la pregunta una y otra vez.

– No lo sé.

La opresión de la sangre cayendo frente abajo y su diente perdido en lo que había debido ser el encuentro con mi padre. No reconocía en él al hombre que, días antes, cuando iba al pueblo a cambiar unos pantalones recién comprados, me chistó desde las ruinas del camino y cuando volví la mirada me mostró sus genitales.

No podía saber si aquél hombre, un chico poco mayor que yo, era el que en mi huída de su desnudez a media mañana, proyectó su sombra en la mía sobre el asfalto del camino, que fue cuando, aterrada, me volví y sentí su mano derecha apresar mi pecho izquierdo.

Si aquél que venía entre mi vociferante y alterada familia, lleno de polvo y rasguños de la refriega, era el mismo de quien temí me montara en su furgón, aparcado a unos metros y me llevara para un oscuro siempre lejos de los míos.

– La había escondido en el olivar, el muy sinvergüenza -repetía mi madre señalando la motocicleta que traía el tío de la mano-. ¿A qué vienes aquí, eh? ¿A qué vienes aquí?

– ¿Es él? ¿Es él? Insistía mi padre rechinando los dientes.

Yo era incapaz de murmurar una palabra. El juicio. El juicio. Un sí o un no. Decidir. El miedo. Al error. A juzgar a un inocente de culpa, aunque otra culpa tuviera.

– ¿Cómo te llamas? –le preguntó mi madre absurdamente.

¿Qué más daba su nombre?, pensaba yo. El chico contestó con voz apagada, como no queriendo contrariar al malhumorado profesor.

– Mira, Román –le amenazó mi padre por su nombre-, ruega porque a mi hija no le pase nada, porque si le pasa, al primero a quien voy a buscar es a ti.

– Márchate para tu casa, chaval ¿no te da vergüenza? –escuché a mi tío, entre los llantos de mi prima, que con las voces se había despertado y se agitaba mecida por su madre.

El chico cogió el manillar de la moto que mi tío le tendía y, sin mirar a nadie, con la cabeza inclinada hacia el suelo, enfiló hacia el arcén de la carretera.

Cuando mi padre y el tío Venancio volvieron con los abuelos la conversación iba una y otra vez sobre el incidente. El tío Venancio contaba que su mujer le había alertado sobre un hombre que miraba desde los árboles, que si era normal que los hombres hicieran eso aquí, en nuestro país. Hablaron y hablaron del aquí y del allí.

El tío Venancio, mezclando los dos idiomas, ahora el nuestro, luego el de su mujer, repetía lo del aquí con burla, una sorna a media voz, cuando hablaba con ella y decía frases que no comprendíamos pero de las que captábamos la burla. Con aire de superioridad exponía los adelantos de los de allí, los progresos, maquinaria, sanidad y hasta escuelas que evitaban todo lo que acababa de ocurrir. Allí los jóvenes como el de la motocicleta no andarían a sus anchas por los caminos. Aquí era un atraso y una pena.

Decía esto mientras comía los embutidos caseros que mi madre había preparado todo el inviernos, guardando para él.

– No me pongas más, cuñada, que esto no sienta, mucha grasa, que no es bueno-. Cogía otra loncha fina, la mordía y seguía hablando: –Aquí estamos como los trogloditas-. Masticaba las rodajas bien cortadas y extendidas con primor sobre el plato del que se servía, -vivís como en los tiempos de Maricastaña, no avanza, este país no avanza y pasan estas cosas-.

Miraba a la tía Lili y esta no le decía nada, ni con la voz ni con la mirada.

Cuando el tío Venancio se ponía a hablar de allí y a desbaratar todo lo de aquí, se olvidaba de lo que comía, quién se lo servía y lo que podía estar provocando.

El tío Venancio habló del incidente el resto de las vacaciones, a los parientes, vecinos o amigos de mis padres que venían a visitarnos, cuando ya las rosas del falso pozo se habían marchitado viendo a mi madre pasar con trajín de ropas para tender, cazuelas llenas o vacías, platos recién servidos o amontonados con restos en equilibrio hacia la pila, sin tiempo para cortar flores nuevas ni cambiar el agua.

Mostrando el coche, que aposentado bajo la sombra de la parra deslumbraba en su blanco inmaculado, el tío señalaba sus accesorios, se extendía sobre las dotaciones del vehículo, con varios espectadores arracimados admirando carrocería y tapizados, llantas, luces… el tema del incidente era relatado una y otra vez.

– Ojalá fueran igual las mujeres –le oí decir desde la ventana del baño cuando no repararon en que estaba dentro-, con eso no se puede: frías, como el hielo, las tías, os lo juro, ahí sí que no hay manera-. Carcajadas a coro de los varones –más tiesas que un palo, todo lo que tienen de largas lo tienen de secas-, concluía mi tío mientras exhibía su cierre centralizado cinco puertas con chasquido repetido accionando el mando.

Poco antes de la partida programada de los tíos vi en el pueblo al chico de la motocicleta, Román o como de verdad se llamase. Miró hacia otro lado de la calle, la cruzó e hizo como que no me había visto. Yo hice lo mismo.

Pensé en él cuando el coche de los tíos, cargado además de equipajes con los embutidos, bebidas, quesos y dulces de la tierra que mi madre les había preparado, se deslizaba hacia el portón con el familiar sonido de sus ruedas sobre la gravilla.

Si en aquél allí a donde retornaban, tan limpio, culto, rico y avanzado allí, de verdad no existiría miseria, ignorancia, pobreza, escasez ni Romanes tampoco.

Me pregunté, si de irse con el tío en el asiento trasero de aquél imponente vehículo, acomodado para el largo viaje junto a la sillita de la prima, Román no hubiera necesitado volver al olivar nunca más.

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