Voces en un patio

El olor ocupaba todo el espacio y parecía tener forma redondeada entre los muebles, el armario de tres cuerpos con el espejo en medio, sin llegar a tocar la cómoda de la derecha ni alcanzar la cama del fondo. Al cerrar la puerta estaba allí, denso, gaseoso, pulsátil, presente en ausencia de él, un olor cuyos contornos desaparecían al encender la lámpara de foco y cristal labrado polvoriento pegado al techo.

Sin embargo prefería no encenderla, y tras el sonido de la puerta al cerrarse a su espalda, se quedaba quieta un instante en medio de los espejos de cómoda y armario que la reflejaban metálicos, sentía Nora al verse en ellos de soslayo en la penumbra, con la ropa que se había puesto en su casa antes de emprender el camino como cada tarde.

Con el cierre de la puerta había alcanzado la cumbre de la habitación y librado una batalla. La que día tras día la enfrentaba a las caseras, dos mujeres de mediana edad, una gruesa, la otra escuálida, hermanas las suponía, que la esperaban en el zaguán de la entrada y antes de dejarla pasar escaleras arriba se lanzaban preguntas que iban dirigidas a ella en realidad.
Quizá la primera vez les resultó una osadía, la siguiente una vergüenza, una más, inadmisible, esta tarde la amenaza.
Ella no estaba alojada, no tenían por qué darle la llave, ni pagaba habitación, que era para uno y la de un hombre, además.
Nora repetía la escena mentalmente, aquietaba la respiración y se descalzaba con la puerta de la habitación ya cerrada a su espalda.
Las dos brujas amenazantes, hablando a la vez y con una mirada idéntica de furia contenida en rostros apelmazados de amargura, viejas, viejísimas fuese cual fuese la edad que tuvieran, de las que emanaban el olor nauseabundo de la intolerancia, le hablaban de él.

Su olor estaba allí, no el de su cuerpo sino el que se ponía, rociándolo sobre sus prendas justo antes de salir. Las minúsculas gotas flotando en el aire quieto de la habitación la envolvían dejando atrás las mordientes voces de las caseras. Nora se desprendía de la blusa, para no arrugarla, mientras trataba de que su mente no volviera más a la desagradable escena de entrada a la pensión, que la esperaba cada tarde al llegar.
Habían hablado con él y le habían dicho seriamente que una habitación era para una persona, se recibía lo que se pagaba, repetían las mujeres a dúo en el inicio de la escalera.
Nora colocaba el pesado bolso sobre la cómoda. Sacaba un libro forrado y lo llevaba a la cama. Lo dejaba acogido en la almohada ante el cabecero viejo, no antiguo, de delgada pasta de madera que contrastaba con la sobrecama clara, alisada, cubriendo un colchón algo combado en el centro.
Sin blusa ni zapatos se tendía, doblaba un extremo de la almohada, suave y envolviendo su cabeza en olor a limpio que tomaba el espacio del aroma de él, no el de su cuerpo, que conocía de cuando le besaba el cuello, sino el que se ponía antes de salir a su trabajo.
Abría el libro por donde lo había dejado el día anterior y como cada tarde, comenzaba su lectura.
En los primeros renglones comprueba que se ha saltado la historia contenida entre las tapas que sujeta y que es la voz de las mujeres la que se cuela en su cabeza. Han hablado con él y se lo han dicho muy claro: para una persona. Es una vergüenza. Han llamado a su casa. Tienen el teléfono de la casa de los padres de él por la ficha.

Nora trae a su mente la casa de los padres de él, allá en el pueblo, donde por cierto se pregunta ahora ¿dónde están las pensiones en aquel pueblo?, ¿las hay? Deberá haberlas, pero ella, Nora, no las conoce. No ha ido a ninguna, no tuvo necesidad. Quizá tampoco hoy, esa tarde, ahora, se trate de necesidad ninguna.
Han hablado con sus padres, dicen, las dos brujas. Una vergüenza ardiente le nace a Nora en los pies descalzos con los que toca la madera del extremo de la cama, desde sus uñas desnudas corre tras las rodillas, por la columna vertebral hasta la cara, le asciende la vergüenza.
Qué habrá pensado la madre de él cuando las dueñas de la pensión le hayan dicho por teléfono que su hijo no usa la habitación solo. Como si el bochorno que dicen sentir las viejas la contagiara y la impregnara con algo más volátil, pero húmedo, que el perfume de su amado.
La madre de él, ocupada de un marido violento, rencoroso y amargado de enfermedad y vejez. La madre de él con los bellísimos ojos verdes que su hijo ha heredado. Todo lo comprenden esos ojos pareciera, si de su hijo se trata. La madre, que corre al teléfono de la casa de la vecina, porque ellos teléfono no tienen y el que da su hijo, por si le pasara algo, es el de la vecina de casa de la madre, dos puertas por medio en la calle del pueblo del que se ha ido tras la mujer que ama.
La madre, que corre en zapatillas y delantal, porque la llaman por teléfono, avisa la vecina, y tiene que ser su hijo quien la llama, corre a escuchar la voz del ser que adora, alegría de sus días con su zalamería y su risa, que se ha marchado tras la novia.

Nora sujeta el libro para darse la vuelta en la cama. La luz de la tarde entra por el balcón sin cortina y se refleja plena en las hojas. Las pasa y ha de volver atrás, cuando comprueba que no es consciente de nada de lo leído, porque se había ido hacia la madre de él y la llamada.
¿Cómo debe ser querer así? –se pregunta Nora-, querer de un modo tan absoluto y sin fisuras. Qué pena debió sentir cuando el hijo le anuncia que se marcha del pueblo, a buscar cualquier cosa, cualquier trabajo que le permita vivir cerca de su novia.
Y sin embargo, lo acepta. Sin una queja, llena la maleta con su ropa limpia recién planchada, le guarda en un bolsillo de la camisa más al fondo unos billetes ahorrados escondidos al marido, le abraza aguantando las lágrimas y le ve salir, le deja libre, porque aunque le pinchen cien alfileres la mañana de su partida, es lo que él quiere.

La luz de la tarde, repara Nora, declina en la pared encalada que se ve a un par de metros de la ventana balcón. Solo pared, solo blanca.

Como cada tarde deja la mirada correr por las líneas de su libro donde busca afanosamente respuestas a sus múltiples preguntas, y milagrosamente, las encuentra. Alguien, algunos, otros, mucho tiempo atrás o no hace tanto, depende del libro que le toca, han escrito para ella, esta tarde, sola y tendida en un cuarto de pensión, a la espera.

Cuando lleva más de dos horas de lectura necesita incorporarse. No hay agua en el cuarto ni se le ocurre traer una botella, el aseo está en el pasillo, pero se resiste a abrir la puerta, esa puerta que al cerrar deja tras ella el mundo, su mundo y hasta a él.
Él duerme en aquella cama que ahora mira, algo arrugada, desde los tres pasos que son el extremo del cuarto hacia donde ha estirado las piernas, duerme cuando ella ya se ha ido. Si abre el armario encontrará sus camisas, unos pijamas, la ropa que le cubre como parte de él sin ser él.
Nora vuelve a la cama y esta vez se sienta en el borde, con la espalda erguida, mirando el patio, la pared de enfrente, escuchando el silencio de la tarde que muere.
Tropieza con una zapatilla masculina con el pie. Se inclina, busca la pareja bajo la cama y las alinea junto a la mesilla. Son de color marrón, parecen nuevas, seguro que su madre las eligió y las puso en la maleta cuando supo del viaje. Sus zapatillas, sus camisas, sus camisetas, todo con lo que cubre su ligera coquetería, el esplendor de un cuerpo joven y bello.
Nora recrea sus hombros alienados al cuello fuerte, del que continúa el cuerpo en suave triangulo hasta el inicio de unas piernas atléticas. Con una altura y unos miembros proporcionados cubiertos de ligero vello oscuro, músculos que viven atentos, raudos a su mínimo deseo de movimiento. Un hombre guapo, así es su novio, con los ojos verdes de la madre sombreados de espesas pestañas, como denso es el arco de sus cejas, su bigote, su barba, sobre los rasgos afilados por recientes de nuevo hombre, que quiere alejarse rápido del que ayer fue un crío.
Y su sonrisa infantil que le traiciona, de dientes blancos que asoman pícaros tras el bigote. Un hombre acabado de hacer, espléndido y bello, así es su amado.
Sin embargo, nada inquieta el cuerpo de Nora al recrearlo. Se tiende de nuevo, toma el libro por donde lo ha dejado y sigue leyendo.

El ruido de cazuelas y tapaderas que chocan la saca del ensimismamiento de su lectura. Por el patio asciende el sonido del comienzo de los preparativos de la cena. Abajo, en un suelo donde ningún día se ha acercado a mirar desde la balconada de la habitación, comienza la vida.
Él ya no tardará en llegar, la sacará de su lectura y hablaran de las caseras. Se cambiará la camisa y entre la usada y la siguiente se acercará a ella, que medio adormilada y con la cabeza llena de historias leídas, le costará aceptar como algo suyo el cuerpo del que se le aproxima y la besa. Ahora sí, la nariz en su garganta, reconoce el olor de él. El de su cuello, su boca y el de su ingle, definidos, compactos, dulces y ocres, es él, su piel, su sexo, vivo, entallado en el cuenco de su vientre. Su amado. ¿Lo es?

Pero aún no ha llegado. Nora sigue leyendo. Las cocineras de la pensión, así las imagina ella, una mujer madura y redonda y su joven ayudante, comienzan a charlar en medio del trajín de la cacerolada. Hablan alto, sus voces se mezclan con las de los personajes en la lectura, y sin embargo no alcanza a entender lo que dicen. Vapores y aromas a guisos ascienden poco a poco patio arriba, el olor a croquetas y pollo frito, la sopa de la cena, es tan agradable.

Pronto llegará su amado. ¿Lo es?, se pregunta Nora. La ha seguido cuando sus padres la han llevado a vivir a otra ciudad de residencia, a varios cientos de kilómetros del pueblo donde se conocieron. Debe ser que la ama, para ir tras ella, buscarse un trabajo que les permita estar juntos y a ella esperarle cada tarde en la pensión; afrontar la habitación que es para uno y a las caseras indigna comparta, aunque solo sea unas horas, con la novia, mitad avaricia mitad moralidad herida, o quizá más de una que de otra, quien sabe si de haber pago doble hubieran acallado su avergonzada conciencia y evitado la llamada a la madre, que le pica ahora a Nora desde la punta de los pies hasta el nacimiento del pelo.

Por eso acude cada tarde, cierra la puerta de la habitación y deja al mundo detrás. Él ha ido tras ella y ella le espera cada día horas antes de su vuelta. Se tiende, abre su libro, escucha las voces del patio, las mezcla con las de sus lecturas. En casa no hay lugar donde cerrar una puerta y que nadie venga detrás, no hay espacio para un libro solo sin más, ni entendimiento que acepte el sumo placer de estar así: esperar. Y leer mientras se espera.

Un pasaje del libro, aventura, pasión, conflicto, traición, historia o desgarro, pone más zozobra e inquietud, vértigo, anhelo en el cuerpo de Nora que el que nace de su amado, que se tenderá pronto junto a de ella. ¿Y qué? ¿Qué habrá en su amor que les conecte, les haga cómplices, que indague en su conversación susurrada, que viaje junto a ella, pregunte, sueñe, fusione, que comparta ese universo en el que flota entre las páginas?

Juega a adivinar la cena que no será la suya por los olores que se cuelan desde el patio, a dejarse acompañar por las risas de las cocineras que son voces amigas sin saberlo, afanadas en su labor, a mecerse en la luz del día que muere lentamente en la habitación. Se resiste a encender la bombilla que disipe con su haz la magia de un placer absoluto al que acude cada tarde, más que por ningún otro, bella piel, peso del cuerpo del amado que querrá irse luego a las calles, a hablar de nada, tontas exigencias abrazadas a su costado perdidas en las voces de sus libros, ajeno e indiferente a los personajes que ha conocido y le quiere contar, a las tramas y sucesos, que no pasan de verdad, dice, mientras propone música y paseos por el mar.

Cubiertos que chocan, batir en cuencos, trocear sobre madera y el vapor de una olla, una voz pregunta, otra contesta en la cocina, de qué hablan, no lo sabe. Nora, casi no ve las líneas ya.

Huele a vida prometida al final del día, una cocina llena y la luz que se termina. Nora sabe que pronto la puerta de la habitación se abrirá desde fuera y le dirá hasta mañana a la verdadera, absoluta y plena felicidad. Quizá, siente, no hay más bello momento que el del amor que se espera.

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