La senda del amor verdadero nunca ha sido fácil

Escribe sobre eso, pide la amiga. Y no es hasta días después, olvidado en la rutina y quehaceres de los días, que encuentro el papel donde garabateé el nombre, doblado al fondo del bolso, cuando recuerdo su ruego.
Escribe sobre eso, dice. Y es tal su confianza y complacencia, su absoluta serenidad en el encargo, que es lo que deseo escribir.

No acerca del cuadro que contemplamos, con suaves tonos, donde una mujer de perfectos rasgos helénicos ve prendido su vestido de una rama que nace a sus pies. Y a sus pies desnudos también lo que parecería su hijo, que es en realidad un querubín, cuando te detienes a contemplarlo y ves sus diminutas alas.

El ángel tira de una esquina del vestido de la joven, ruega, dulce, parece, y elevas la vista hacia la figura a quien pide, la joven de rostro perfecto consternado, con expresión de desesperanza; y en una mirada más rigurosa, la serpiente negra a los pies, que acecha, más amenazante por una presencia que el ojo rehuye. El conjunto se enmarca sobre un fondo oscuro de ramaje tenebroso.

La senda del amor verdadero nunca ha sido fácil, se llama la obra.
The path of true love never did run smoth, lee mi amiga con excelente acento, a mi lado. Es un poema, dice, el título es un poema. Escribe sobre eso.

Su certeza de que lo haré, porque me lo ha pedido, su confianza en que podré hacerlo, es sobre lo que quiero escribir.
Porque nunca tengo la seguridad de que vaya a poder. Lo de volver a escribir, volver a contar… ¿qué? ¿De qué modo?

Y sin embargo, aquí estoy, en esta mañana de silencio que me hace preguntarme qué haré cuando llegue lo que me arrebate espacios de quietud, consciente de lo que va ocurriendo al habituarme a un mutismo conquistado tras años de esfuerzo, que permite acompañarse solo del teclado, cómo seré capaz de volver al murmullo de los otros, tan presentes…

Y es aquí, al sentir en los dedos el papel entre los objetos del bolso, cuando palpo eso que también son los otros.
Su confianza.

El tacto de la hoja con notas sobre proyectos y, en una esquina, el nombre del cuadro de Talbot Hughes –se que no te gustará, que no será la pintura que más te guste, dice la amiga-, anotado, lo que me lleva al rincón del recuerdo del placer.

Porque entrar en un museo, pasear por sus salas de exposiciones, casi siempre veladas de luz natural, su penumbra cálida y hasta el aroma artificial de rosas -que la funcionaria nos indica no pertenecer al ramo decorativo sobre una mesa, sino al frasquito de esencia artificial bajo él-, que nos marea y nos intriga a la vez que empuja a cierto estado mental de cottage sobre la campiña inglesa, me hace sentir cercana a los momentos de amor físico.

Es allí, en ese acogedor espacio de susurros, figuras que se deslizan lentas de un lugar a otro de la sala, de manera ordenada hacia cada cuadro numerado, aleatorios acercamientos de extremo a extremo, absortas en audífonos, que se inclinan ante un detalle del cuadro elegido, se alejan para una visión de conjunto, cuando me desprendo de la cercanía de la amiga observando en un costado, y decido ir sola al cuadro que atrae mi mirada, sin más impulso que el de mi gozo, la respiración acompasada al trazo de un pincel, cuando va ascendiendo por mis venas la emoción íntima, la tibieza de la contemplación del arte, el placer.

La libertad en ese despegarse del grupo, acceder juntos a un lugar y poder caminar también libremente, sí, sabiendo que el otro entenderá, comprenderá y no se sentirá incumbido por tu libre elección; en el ánimo el final de la galería, del pasillo, volveréis a encontraros, en un pasar repetido ante el cuadro donde la amiga pide: escribe.

Sobre la senda del amor verdadero que nunca ha sido fácil, sobre el deleite que te ha envuelto y te hace tararear bajito por las salas de exposiciones, sobre la plena gratitud de sentirse amado, aceptado, admirado y libre.

Sobre la plenitud de un amor, verdadero, que se prende a la rama, tira un ángel, ruega, rostro consternado, fondo oscuro tenebroso, desesperanza, serpiente acecha, nunca es senda fácil, y que en la voz que dice: -escribe-, llega.
Para Ana

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