Una de amor

Le había pasado a ella. Sabía que muchas personas no se pueden creer que les ocurra tal o cual cosa: accidente, enfermedad, pérdida, vejez, soledad… Y sin embargo, pasa, cada instante está lleno de esos pasares que el afectado no concibe que puedan estar sucediendo.

La incredulidad de Serena era más bien la de espectadora, su pasmo resultaba muy interrogador, curioso, tratando de observarse desde fuera.

Como el reloj de su mesilla, con un diminuto foco que emplastaba los números horarios en rojo sobre la pintura grisácea del friso, quedando situadas las 23:30 o las 04:16 a la altura de la almohada, sobre la cama, de modo que al abrir los ojos, despierta en la noche, descubría los dígitos con la sensación de que sietes y cincos y seises la fijaban desde allá arriba, techando su sueño, hasta que la luz de la madrugada les hacía desaparecer al difuminar su existencia lumínica, irreal, espectros temporales, a través de la escayola crepuscular.

Así era su asombro: foráneo, expectante, avizor.

Le había pasado.

Le estaba pasando, se repetía volteando en el lecho, cubriendo el reloj con un pañuelo, cegando su resplandor centinela: la desvelaba eso que se juró a sí misma, desde la niñez, que nunca le ocurriría.

No como a la abuela, que se hartaba de llorar, así decía: –me harto de llorar toas las noches-. Se hartaba de llorar, más que de pan, o de cena, hartarse de lágrimas… Lo que le costó entenderlo a Serena, que su abuela se hartara de llorar. Parecía que hartarse era cansarse, pero cansada ahíta, satisfecha, harta para la niña se refería a saciada de pan migado, atiborrada de galletas, empalagada de pan con chocolate… Verse harta era sentirse con la panzota llena, no harta de lágrimas.

Si te hartas, para, ¡para abuela!, para de llorar, la pena que me da… Se hace oscuro en la cocina, y crees que no me doy cuenta, pero veo que escondes la cara, te echas el pañuelo con disimulo más abajo de las cejas, te tapa casi los ojos y pasas la mano a la frente, hartica estoy de lloral, parece que entiendo murmuras, sin atreverme a rogar que enciendas, que ya se ha puesto negro del todo, y por eso, cuando te oigo, sorbes por la nariz, chasquea la boca con dentadura nueva: -hartica, toa la vida , por ese hombre-, cuando te escucho, abuela, tengo miedo.
Así que, prometido en el pasado que no, era raro verse: Sin llorar, pero con ganas. Por ese hombre. Tal hombre. Un hombre. El hombre ese. Cualquier hombre.

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4 comentarios en “Una de amor

  1. Habrá existido alguna vez “tal hombre” merecedor de tantas lagrimas??? Lagrimas de una mujer.. Bello Leonor, muy bello !!!

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