El silencio de Lana

Lo mira una y otra vez, estirado sobre la cama. Lo hace cuando los demás están a sus cosas y no pueden verla. Lo acoge, lo alisa, siente su textura de transparencia, palpa con deleite los puntitos plateados del bordado, ajusta los tirantes, mete un dedo bajo el encaje y se lo observa como enlutado, recorre lo que caerá sobre los hombros y el tejido que cubrirá el vientre… y recuerda la prenda sobre ella.

Durante todos los días de trabajo, interminable, faenas repetitivas, agotadoras, el destello de su delicadeza la hace sonreír. Mientras limpia la mierda de las cuadras, conecta las ordeñadoras, arrastra de los cubos o vuelca paletadas de pienso en los morros de las vacas, huele el satén y la gomilla que rodea las ingles, la fresa del volante, la blonda del escote.
Le ha costado conseguirlo. Por ella, y mucho por sus padres. Le resulta difícil acercarse sola al pueblo, y decidirse. Sola no fue. Aprovechó que su padre recogería una pieza reparada y le dijo que le dejara acompañarlo, que necesitaba comprar algo. Su madre, mientras lavaba trapos en el barreño con el agua ardiente elevando una vaharada de vapor por la cocina, la miró escrutadora. Qué tenía que comprar, le espetó. Lo había pensado bien y le contestó lo de sus reglas. Algo para su menstruación. La madre siguió frotando y volvió la vista a las manos inquietas sobre las prendas, entre desconfiada y sarcástica: ¿Ya te ha vuelto?, le preguntó al cubo dentro del fregadero.

Por la mañana se subió a la furgoneta y apretó bien su pequeña cartera en el bolsillo del chaquetón. Lo de sus padres estaba conseguido. No le permitían hacer cosas sola. Sabía que le faltaba algo. No porque sus padres se lo hubieran dicho, ni su hermano tampoco. Nadie le había anunciado nunca que algo no ocupara en su cabeza el lugar que debía. Ella misma no sentía ausencia alguna allí dentro. Sin embargo, era consciente de que carecía de lo que sus padres, los demás, sabían, aunque ella ignorara exactamente el qué.

Por eso mismo debía ser, la ausencia, que no la dejaban hacer cosas sin que la mirada de alguno vigilara sus idas y venidas. Al mismo baile del pueblo solo le permitían asistir si la llevaba su hermano. Tampoco le importaba. Las otras chicas, en cuanto la veían aparecer, la observaban desde sus corrillos sin hacer gesto de saludo ni dirigirse a ella. Lana entraba, absorbida por la psicodelia de luces mareantes, aparecía detrás de su hermano mayor, y cuando él tomaba el camino de la barra o en busca de sus amigos, entre el estruendo de la música ella escuchaba más que nunca su diferencia. Como si todos los acordes se los tragaran los cuerpos de los otros que se reunían en la sala, Lana se escuchaba plenamente. Oía su corazón acelerado, en busca de una respuesta a ese silencio de oquedad que impedía el eco en los demás. Escuchaba su pelo, que clareó un día imperceptiblemente y que le devolvía una imagen de linterna encendida en la penumbra, demasiado visible, recortados sobre las orejas y la frente los cabellos blancos, impropios de su edad. Escuchaba el frufrú del vestido, que había cosido en ratos robados, sobre las nalgas y contra la ropa tan distinta que las otras agitaban en piernas, pecho, caderas… al son de las melodías. Todo lo oía Lana en su cabeza, acostumbrada a la quietud de los prados, como el gran estruendo de lo que la diferenciaba, dejándola a solas con su silencio.

Por eso el amor de Marcelo había provocado que se tragara un firmamento de luz, y de una inspiración, toda su rareza, y la insuflara por dentro una dulce gelatina que se volvía gaseosa en cuanto aparecían sus hombros entre los demás. La redondez de sus hombros desnudos que ella esmeradamente conocía.

No estaba bien. No estaba bien que ni madre, ni padre, ni el hermano, ni ninguna de las otras, riéndose y agitándose vivas y felices, como lagartijas al sol bajo el globo de colores que giraba sobre ellas, en la pista de baile, supieran nada.
Pero lo que sí tenía Lana en su cabeza, esa sapiencia ignota, la alertaba: no deben saber. Los demás han de estar ajenos.

Así que cuando esa mañana, sentada en la furgoneta, con su padre conduciendo silencioso atento a los baches del camino, se acercaban a las calles transitadas, se repetía: no deben saber. Nadie. Es cosa de Lana. Y de Marcelo.

Ya en la plaza le dijo al padre que se acercaba a la compra y volvía andando a casa. Comprendía la mucha faena por hacer y también que su padre, aunque pesaroso por el tiempo perdido en tiendas, no se opondría. Su padre no le daba nada, y tampoco se lo negaba. Se limitaba a que madre se ocupara de ella. Lo único que le fastidiaba era que el trabajo del día en la granja se resintiera.
Lo vio alejarse por la acera y saludar a algunos vecinos.
Una parte ya estaba: sus padres. Conseguido acercarse al pueblo en soledad sin demasiada dificultad. La otra, ella misma. Había decidido evitar el escaparate, para terminar plantada delante, sin poder resistir la atracción de lo extendido con primor tras el cristal. Cuadernos de láminas blancas, satinadas, cerosas… que cuando Lana conseguía tener delante se acercaba a la nariz y husmeaba allí valles fecundos, torrentes, ratoncillos, escarabajos, pétalos, rocío llorando en las zarzas, sol caliente sobre la hierba, cielo de crema, calostros en los picos de las montañas, ropa limpia secándose al aire… La piel de Marcelo, húmeda bajo las hojas chiquitas de un olivo, un pezón oscuro entre el vello del pecho, la boca abierta a una frase tierna. Todo eso lo olía Lana con unas antenas que trazaban universo sobre lienzos. Esos cuadernos grandes y caros, más costosos aún los pinceles, los botecitos de acuarelas, temperas y carboncillos que atesora, regalados en cada cumpleaños o por navidad, como objetos preciados que ansía tener.

Porque en los ratos libres de trabajo Lana se asentaba en cualquier lugar apartado de las miradas de los otros, cerca de la carretera estrecha y sombreada de árboles que torcía el recodo, a los pies de la loma escarpada, con un almendro por compañero, y los prados extendidos que recreaba una y otra vez. Una hoja blanca, silenciosa, que aguardaba el trazo de los pinceles de Lana para revivir, contarle cosas, charlarle confidencias, animarla y permitirle mirar el resplandor de todo lo que la rodeaba. Ahora más rica y prodigiosa que nunca, la pradera, recreada al detalle y con infinitas variaciones al compás estacional, con la piel de Marcelo haciéndole cosquillas en la nariz y en esa parte de su cabeza, bajo el cabello blanco, que se ha llenado por entero.

No deben saber. Nadie debe saber.

Se aleja del escaparate, aprieta la cartera, algo arrugada con la presión de su manoseo, y se dirige a por lo que busca. Se ha vencido también a ella misma: esta vez, los ahorros le procurarán otra cosa. Marcelo, ella, el tiempo de ausencia, de espera, merecen un presente. Una celebración. Una fiesta. Se regalará a Marcelo, ella misma, sin miedos. Cuando atraviese mis padres por su cabeza, pellizcará la prenda; cuando sobre su caracol oreja, al querer susurrarle amor, mi amor, amor mío, la voz áspera de su madre la hiera, frotará el tejido contra el vientre de él; tomará una de sus manos y la posará con ansia sobre su espalda, así cubierta de satinada lujuria negra, lejos de la voz que amenaza prohibido prohibido: se abandonará en lo hondo de lo prohibido mismo.

En el escaparate parecen cosas bellas inalcanzables: sobre cinturas estrechas y pechos alzados, de los que Lana no tiene ni ha tenido nunca, lazos, corchetes, rojos rabiosos. Pero sabe Lana que en el plástico y las texturas que moldean gargantas en las maniquíes, nalgas y turgencias, no hay nada de lo que a ella le arde: calor. Su piel es tibia, se sonrosa con su mirada y se eriza con su tacto, Marcelo, elástica, como gatitos juguetones con la de él se enrosca.

Prohibido Marcelo. Su madre lo odia. Porque su madre no sabe… Solo el peligro, por algo que Lana debiera tener en su cabeza que le permita defenderse y no dejarla inerme. Porque su madre desconoce lo que a ella, a Lana, cabeza pelo de oveja,  Marcelo le da.

Su vientre tenso, qué sabes madre, cómo palpita, la garganta fluye sed desértica y esa luz en su mirada, una pupila cubriendo a Lana con aura escarchada, la más bella, madre, de todas las mujeres, tu hija, deseada, por piernas entrelazada y dedos que indagan, quema su aliento, su espera, su urgencia, un torrente sobre mí su carcajada…

Gasilla negra, apenas pesa, cabe dentro del puño. Qué frío en el probador y qué extraña la figura del espejo. Lana se ajusta un pecho, lo cubre,  y lo ve casi tan bonito como los del escaparate en la entrada. Se decide y paga hasta con la última de sus monedas.

Días y días de espera. Prohibido, Lana. La sabe allí, escondida la prenda en la caja de cartón al fondo de su armario. Puede acariciar hasta a las vacas, que extrañadas, mugen su contento y su sorpresa. Puede resistir la tentación de correr a un claro del bosque y ponerse a pintar, porque láminas ya no le quedan y hasta su cumpleaños aún falta. Puede ser amable con su madre e intentar imaginarla ejecutando con su padre aquello a lo que Marcelo y ella juegan.
Marcelo, que vive lejos, en otro mundo del que Lana apenas sabe nada ni tiene capacidad para delimitar fronteras. Marcelo, con el pelo suave de un cachorro, los hombros cascada y la provocadora cadera, acechado por las sonrisas en el baile, entrelazada su cintura y cubierto por los abrazos de otra… Desde lejos, Marcelo, le regala una cómplice mirada. Peligro, Lana, susurra su madre sin palabras, Lana ¿Es que no tienes lo que hay que tener en la cabeza?

La mañana, el día, la hora. Iré a ver a la prima Tere, me recogerá en la carretera, pasaré el día con ella. El padre y la madre se prenden en un gesto. Algo más que trabajar, la hija, por más que le falte algo bajo el pelo de gata albina.

En el camino, oteando el vacío a primera hora. Las pupilas dibujan, a falta de lienzo y pinceles, fronda, rocío en las hojas, brisa de ramas y bruma en la lontananza.
La caricia del raso, si mueve un poco las piernas. La risa de Marcelo cuando lo descubra. Su cuerpo vibrante, envuelto en tejido de viuda que hoy, tras tanta espera, perderá las escamas como una serpiente pícara.

Los ojos de Lana rastrean silencio.

A lo lejos algo ruge. Un motor. Lana se yergue, bajo el chaquetón y el vestido se tensa la licra sobre su vientre.
Frena ante ella el furgón. Antonio, el cartero, baja la ventanilla y le tiende un par de sobres: alguno del banco, una publicidad; y se queda un instante mirándola, como si esperara algo que Lana debiera saber y no alcanza.

-Lana, te traigo un recado de Marcelo. Aquí se ha terminado la faena. Se ha marchado para el extranjero… Que no le esperes. Ya no vendrá.

Acelera de nuevo, se difumina a lo lejos, y Lana, mientras lo ve perderse, se abraza al ciprés que le da cobijo. Se deja caer despacio sin soltar los brazos arqueados, férreos en torno al árbol, la mejilla en la corteza áspera, y al descansar en la tierra, estruendoso silencio, le hiere tanto la puntilla interior como la rugosidad del tronco.

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