Primeros lectores de Lo que callamos…

… El pellizco intermitente de la vida   manos cogidas bn sin fondo

“La realidad es compleja y Leonor Paqué nos ayuda a contemplarla a través del caleidoscopio de su mirada y la diversidad de su voz.

Es tan ligero discurrir por las páginas de su libro como estimulante sentir el pellizco intermitente de la vida que late en él.

El ansia infatigable de querer ser ella misma y sobre todo, libre, permanece en las peripecias contracorriente de Lola, la protagonista, y nos permite, a la vez, indagar en las vidas de los otros, sus deseos y sus razones.

Y es que sin ellos, nada tendría sentido”.

 

“Lo que callamos muestra al lector el principio del final en su posición como espectador.

Un comienzo para quienes consideran necesario arrojarse a las verdades personales sin rencor, rechazo, soberbia ni prepotencia.

Con la honestidad de quien realmente cree en la utilidad vital de algo tan sencillo y magnífico: La comunicación”.

… Mediante giros en el ámbito ficticio, provoca el escalofrío más profundo.

“Desde el momento que da lugar el inicio de una lectura se van esparciendo conceptos y detalles que nos sitúan en un enclave literario elegido, durante todo el proceso de acomodación intelectual y emocional, cuya finalidad es la obtención del conocimiento necesario para la ubicación y entendimiento como máximas recompensas.

Te crees representado en alguno de los personajes, si no tú mismo, alguien de quien te hablaron o conociste. El lugar geográfico y datos concretos no son más que elementos  de decoro escenográfico, y no espina dorsal de lo verdaderamente importante: el ser humano y sus costumbres, despojado de lo material e inerte que lo envuelve, tanto en el plano físico como mental, económico o social, profesional o doméstico.

Cuando la desnudez transmitida, palpable, aparece en forma de color, olor, temperatura, espacio… Y la distancia entre lo expuesto y el receptor desaparece por momentos, aproximándose al personaje que te hace sentir más cercano, reconocible, familiar o cotidiano, mediante giros en el ámbito ficticio, provoca el escalofrío más profundo.

Empatía, ridículo o repulsa por algo o alguien, un alguien a quien nunca habías dedicado la atención o reflexión necesaria…”

“Pasar cada página con la sensación de pertenecer a ese lugar y añorarlo, sin tan siquiera saber cuál es, aun en la comodidad de tu realidad cercana…

Justo en el instante que elevas tu mirada hacia la pared de tu habitación, al respaldo del asiento del tren en el que viajas o fijada en la pantalla del ordenador por el que te llega Lo que callamos, ahí es donde toma posesión de ti: el peso abrumador y genial en la historia de alguien cuya vida está en los demás, de un tiempo sin importancia, no tanta al menos como lo que en él sucede y nos describe.

He ahí lo universal y atemporal que prevalece, con el mismo arraigo a cuya existencia debemos la escritura.

La forma y genialidad lingüística es certera cuando la mella en el lector evidencia su vulnerabilidad, el anhelo y las emociones, donde la persona valiente decide adentrarse en sí misma, averiguar las semejanzas con otras.

Las herramientas utilizadas no pueden venir de otro lugar que no sea propio, que desvela similitud, cultura, costumbre ante el sello individual del alma, que es lo que nos hace únicos”.

“Si tuviera que elegir una palabra, sería orgullo

Una protagonista que defiende su dignidad por encima de todo y cueste lo que cueste. A veces puede parecer que con exceso de rigidez o intransigencia, que cabía dar alguna oportunidad más. Pero uno reflexiona también que cada cesión que hacemos nos debilita un poco en la firmeza de nuestros principios e ideales.

Retrato de hogares de la burguesía vasca. ¿De entonces o de siempre? Sin acritud. Casi relato  periodístico. No llega rencor.

La historia de un amor quizás iniciado desde la soledad, la necesidad de protección. Desde la debilidad de no poder más. No hay amor realmente, sino refugio.

Testimonio a veces sobrecogedor del hambre, el frío, la pobreza, la impotencia…

Me gusta la autora directa, con el escrito que le sale de las entrañas”.

 

“Reflejo de una traición

Traición que sufre una mujer que vive su vida con la incertidumbre del mañana.

En una vida a veces en calma, la mayor parte entre marejada y mar gruesa, se aferra a una relación que cree segura y constante”.

… Rememorar el placer por la vida, incluso en sus más amargos tragos

“Por un lado escuchamos como la protagonista, Lola, le cuenta a alguien querido que permanece a su lado en una tierna y dulce vejez, esos primeros años de decisiones difíciles, cuando siendo muy joven sale de casa para vivir su vida.

Al mismo tiempo, en secuencias muy bien hilvanadas, leemos las cartas que su madre le envía, entre arrepentida y dolida por su precipitada salida de casa, preocupada por su rumbo y decisiones, al tiempo que le expresa los avatares del hogar abandonado por Lola, la difícil situación de la familia, de los padres y hermanos de la protagonista.

Los acontecimientos de ambos relatos se intercalan con un tercero, la conversación, a una sola voz, la de Lola, junto a esa persona querida que le acompaña y con quien recuerda tiempos pasados, con quien rememorar el placer por la vida, incluso en sus más amargos tragos”.

La paz Paqué

“La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla. Esta cita de García Márquez, tan traída y llevada a colación por la verdad que encierra, viene a la memoria del lector de Lo que callamos, quien se ve envuelto en el trepidante juego de imágenes de un espejo poliédrico que refleja las crudas caras de la realidad a las que la autora se enfrenta y nos enfrenta.

Desde el título, Lo que callamos, la autora introduce al lector en la trampa ―y trama― literaria.

Trampa porque, como toda ficción, finge, engaña al lector que, inocente, se dejar envolver por la red que lo mantiene atrapado desde la primera página, en la que la narradora prepara una también inocente bandeja con el desayuno para alguien, hasta la última, en que la persona a la que preparó ese desayuno aparentemente se ha dormido.

Trampa, ficción, engaño, porque la novela adopta la forma de unas memorias que no lo son,

aunque la autora sí nos engaña a los lectores: son hechos que recuerda; pero lo más importante es cómo los recuerda.

Y además ―y sigue la trampa―, nos engaña hasta el final pues, mientras leemos, no pensamos en un pasado que ocurrió, sino en un presente que se desliza ante nuestros ojos, también tramposamente, cuyo punto de partida es… ¿el pasado, es el presente o es quizá el futuro? ¿Es un pasado real y un futuro ficticio o lo real es el futuro? Qué más da.

Lo que importa es la narración de una narradora en primera persona (nunca habría podido ser narrador), que nos envuelve en una red de tiempos y espacios en los que nos confundimos y de la cual terminamos saliendo con la paz Paqué, aunque nos haya hecho sentir durante el tiempo de lectura ― de abducción― dolor, alegría, ira, tristeza, rabia por las situaciones que vive la protagonista.

Y ternura y admiración.

Y ganas de sacudirla por los hombros (el lector quiere intervenir, pero no se le da permiso, claro). Y recriminación a todos aquellos que la han rodeado: desde los fáciles, como las señoras burguesas, tan comprensivas, y sus porteros desclasados (casi peores que las señoras) hasta los estudiantes políticamente sensibles y activos. O su compañera del alma, a la que tanto cuida, a la que facilita la vida, a la que cuenta (¿o calla?). Pues fueron mejores las putas del club del horrible hermano y el novio poli.

Y sorpresa en el «sentido estructuralista» que Jackobson explicó (resumiendo y reelaborando): cuanto menos esperable es un texto, más información contiene y ahí reside el hecho poético.

Paqué, la tramposa, la ficcionera, la que te obliga a comprender (quieras o no, lo admitas o no ―qué rabia da―) a todos los personajes

miserables, turbios, egoístas, ruines que se asoman a sus páginas.

El espejo poliédrico da vueltas, te deslumbra, te hiere, te indigna, te ablanda.

Y, sin saber cómo, te encuentras perdonando, porque la autora te lleva a ese campo que desconocías, al del perdón del detestable.

Y en ese momento se produce lo que me gusta llamar la paz Paqué, una paz que Leonor, con su enorme y sorprendente generosidad, te transmite y te hace mejor persona. Gracias”.

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