Novelas

                                                        leonorpaque13@gmail.com

manos cogidas bn (3)

Esa vida que no es mía. 2017. En proceso de corrección.

Lo que callamos. 2016. En busca de editor

En sus tibias manos. 2015

Editada por Latiovisual Cultura  

Una Mujer de nada. 2010

Ediciones Barataria. Colección Bárbaros

 

En sus tibias manos

Isabel se encuentra un día, el primero que la suben a un coche, separada de todo su mundo conocido.

En un entorno acotado por pasillos, religiosas y medicinas, escapará de las habitaciones y reglas opresivas a través de la recreación del universo familiar perdido.

En sus tibias manos, con la cristalina mirada de una niña, dibuja una sociedad forzada a industrializarse en la que emigrantes del sur y autóctonos se ven obligados a convivir en una amalgama de mezquindades y extrañeza.

Dictadura, religión, incultura y pobreza sustentan la crueldad de una reclusión donde la única asimilación infantil será la vergüenza, como reflejo de un país y de una época.

La ingenuidad de la voz narradora evidencia la vulnerabilidad intrínseca de los parias ante quienes ostentan el poder, sea cual sea el momento de la historia o lugar geográfico.

Solo así se puede concebir la impunidad de unos hechos que siguen sucediendo hoy y que En sus tibias manos relata.

En sus tibias manos, comenzar a leer… ¿Adónde íbamos? ¿Adónde íbamos? ¿Hasta cuánto íbamos a subir? La gota pequeña que elijo arriba del cristal baja torcida, como las demás gotas, y coge a otras gotas del camino y se hace gorda, escurrida para atrás, hasta que termina la ventana y desaparece la gota, la gorda que está hecha de todas las pequeñas que caza en la bajada por el cristal, todas las pequeñas dentro de la gorda se las lleva la prisa y ya no están. Busco otra arriba y, como nos hemos parado, la gota pequeña baja recta hasta otra gota y otra gota del camino abajo, hasta hacerse una gorda de agua, esa agua gordita, redonda, que brilla y tiembla, hasta correr a no se sabe dónde, qué mojará la gota esa gorda hecha de otras pequeñitas que quieres tocar, pero está por fuera del cristal y no puedes, y cuando nos movemos, la gota ya está: desparece. ¿Adónde vamos? ¿Adónde vamos? ¿Adónde vamos, mamá? Nos has puesto la ropa de domingo, pero es otro día de trabajo y papá no está. No hemos ido a la escuela.

Llovía cuando el taxi paró arriba, al final de la cuesta por donde habíamos venido. Hacía rato que no se veían casas y muy largo me pareció desde que habíamos dejado nuestro barrio con mucho frío, sin parar de jugar con el humo que nos salía de la boca.
Llovía tanto que al principio no vi por la ventanilla toda llena de gotas de agua que corrían por el cristal y aparecían primero pequeñitas, caían y se tragaba una a otra en la bajada y se hacían gordas, hasta que llegaban al final, y ya no estaban, y otra empezaba, pequeña, desde arriba, a bajar, a hacerse gorda y bajar, las manchas de colores de cosas que no se ven bien de donde habíamos llegado.

Nunca antes habíamos cogido un taxi ni nadie de la familia tenía coche, así que me había entretenido al ver pasar primero el barrio nuevo, con los caseros en las puertas haciendo cosas en las guadañas o con las lechugas y lo de la huerta; contando los pisos de los bloques altos si me daba tiempo; el balcón de mis primos en la calle del medio, hasta salir por la curva empinada de encima de las vías del tren, que te ponía cerca de los tejados de las casas en el principio de la cuesta; luego la ría, distinta de cuando íbamos en el microbús, más tapada con las paredes de los barcos; luego la ciudad con muchas calles, muchos pisos y coches y, al final, cuando se puso a llover, solo las campas.

Rodábamos, calentitos, sin ruido, atenta a cómo se movía y daba vuelta el coche por las esquinas, hasta pararnos allí, delante de una casa grande, que parecía como un recortable pegado con saliva al monte.

Fotografía: Zuhaitz Silva

♦ Una Mujer de Nada       2010. Edita Barataria

Portada una mujer de nada

Comenzar a leer…

Piensa, sin notar que lo hace porque nunca pensó que reflexionar fuese una ocupación. Coser si -como lo hacía ahora- trabajar en el campo, limpiar la casa, lavar a los niños o poner la comida para los hombres. Eso eran tareas; pero que nadie le preguntase de pronto en qué pensaba, porque ella no era consciente de que aquél dejar vagar la mente a la vez que las manos o el cuerpo ejecutaban un esfuerzo fuese en realidad un quehacer, le costaba creer que pudiese haber personas que se sentaran a meditar (palabra que sólo había oído una vez en su vida cuando el cura dijo en el sermón que existían monjes dedicados a meditar y ella se quedó sin comprender en qué huerta,  acequia, sobre qué animal, recogiendo qué sembrado o con ayuda de quiénes se podía meditar), personas ocupadas en enlazar ideas o frases para convertirlos en sueños, atrapar sugerencias, vagar por los recuerdos, confeccionar razonamientos múltiples: ni entendió qué finalidad tenía ni qué provecho podía sacarsele.

Piensa en él y lo ve tan claro como si lo tuviese delante, sólo que ahora los labios del hombre no están relajados en una sonrisa: duele observarlos cortados y secos, consumidos.

Tampoco su pelo fuerte le corona la cabeza, porque no puede ser pelo esa masa oscura, pegajosa, que casi le cubre los ojos. No camina con garbo, desafiante, le pesa su propio cuerpo, cada paso es un esfuerzo y no ve por dónde va, le ciegan el viento helado, la noche negra y el miedo. Pero no deja de avanzar junto a otros que medio se arrastran desperdigados por el camino, y se aleja, se aleja cada vez más hasta que ya no alcanza a distinguirle.

Ánimas benditas, ánimas benditas, no mováis mi silla ni esturreéis la ceniza de mi lumbre ni toquéis desde fuera en el cristal de mi ventana.

Mujeres que no se rindieron llenan las líneas de esta novela, Una Mujer de Nada, enmarcadas en un tiempo y en un lugar, pero que son comunes a muchos tiempos y a muchos lugares definidos por la clase social de sus protagonistas, mujeres analfabetas enfrentadas a un mundo que escasamente comprenden pero del que saben que sólo se sobrevive peleando. Y ellas lo hacen, sacan adelante a sus hijos, con hombre y sin hombre, cuidan de pequeños y mayores y pierden guerras de las que sólo les llega más miseria.

Esta novela es un fiel espejo en el que se dibujan las caras y las vidas de gentes que aún están aquí, con nosotros , ya que este país era así ayer, las cuevas no eran habitáculos para turistas sino los únicos lugares en los que se podían resguardar del frío o del calor, la rebusca en el campo, la pobre forma de alimentar a la familia, a la ropa se le daba la vuelta una y otra vez para que aguantara y la voz del macho era la ley.

Donde a la vez  los personajes experimentan sentimientos de amor, lástima, celos, orgullo, ambición, anhelos y miedos que trazan la red de modo idéntico en cualquier tiempo y clase.

Cómo los vivieron las mujeres de entonces permiten descifrar cómo somos hoy,  al desvelar la historia de una de ellas y contar así la historia de otras tantas de las que nadie contó nada.

***

Adquirir las novelas a través de este correo: leonorpaque13@gmail.com

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